lunes, 1 de noviembre de 2010

Cuento

Érase una vez...

¡Un momento, un momento! Este cuento no empieza así.

Cómo se atreve a interrumpirme?

Por una clara y sencilla razón, yo soy El Narrador.

Pero yo también soy narrador.

¡No, no, no, no! Para este tipo de cuento, usted no vale, ¡Desde luego que NO! Así que... permanezca ahí sentadito por favor, y tal vez aprenda algo... ¡Ahí no! ¡Ahí!

¿¡En la piedra!? ¡Uf! Está bien. Sepa que los niños de hoy son muy inteligentes y no se tragarán cualquier cosa...

¡Chssssss! Atienda. Esto no es un cuento cualquiera, ni cualquiera puede contar este cuento. Cof, cof (tos). La historia decía así:

Nunca se era ni fue, ni fue porque nunca se era, y, enredados de la cabeza a los pies, todos lo vais a ver, o a entrever o vislumbrar, por no decir contemplar, pues todos habían llegado. Bueno, todos o casi todos los que tenían algo que decir en la reunión; los otros habitantes del reino de Cuento quizá estuvieran inclinando su espinazo en otras necesidades más productivas. O quizá no, tampoco es que hubiera mucho que hacer en el reino. Pero lo que sí era cierto es que la asamblea estaba a punto de comenzar y la fila humana que se había formado, al igual que en las seis reuniones anteriores, aún daba la vuelta a La Cabaña Tortuga... y veréis por qué.

¡Ah! Antes de desvelaros el motivo de la reunión, sospecho que estáis pensando en el citado nombre de La Cabaña, y pensaréis que no hace falta explicar la forma de semejante construcción. Nada más lejos de la realidad, pues en el reino de Cuento las cosas no son lo que parece y lo que menos parece quizá es lo que son. Para muestra, un botón:

Los ladrillos de La Cabaña Tortuga son grises, con pintas negras como caramelos de chocolate pegados a la superficie, pero si te acercas demasiado comprobarás que son verde oscuro casi negro, como pequeñas berenjenas, y retorcidas y feas como la nariz de una bruja formando en su conjunto una altura tan alta como un elefante. ¿Qué?, ¿no os parece alto un elefante?, ¿y si los ojos que lo contemplan están al nivel de las hormigas? ¿Qué me decís ahora? ¡Vaya!... Ahora sí, ¿eh?

Entonces, antes de desvelaros algo más del reino de Cuento, tenéis que saber que no creo ni recuerdo haber visto una criatura viva más grande que una hormiga en Cuento. Y si la hubiera, no podría considerarse una criatura viva, o un Rey, como se denomina de un modo vulgar a los habitantes del reino, sino otra cosa que apelaría al nombre de... Sujeto, aunque precisamente éstos no sean fieles a su nombre puesto que cualquier Sujeto en Cuento se mueve por sí mismo sin ayuda de terceros.

Tal vez sea ésta la razón por la que los habitantes (o reyes) de Cuento lleguen tarde a las reuniones y demás compromisos, ya que la mayoría de las veces no encuentran los Sujetos en su sitio cuando uno los necesita. Esto le ocurre a La Cabaña Tortuga puesto que no siempre está en la loma donde empezó a estar por primera vez. Sale a pasear y va de acá para allá y pocas veces descansa. Eso sí, es uno de los Sujetos más lento de todo Cuento, de ahí su nombre, “Cabaña Tortuga”. Y ha sido en ella donde el Peón, amo de todo el reino, ha convocado a sus infieles; o quiere seguir creyendo que lo son, ya que ahora no está seguro de nada desde que la desgracia se apoderó de él. Pues seguramente no sabéis que hace tiempo perdió la vista, aunque esto no es del todo cierto porque dicen que fue robada (las más trenzadas lenguas cuchichean que el culpable fue un rey). Si bien, lo que más desea su majestad es volverla a encontrar, y esto nos lleva de nuevo a la asamblea y a la finalidad de la misma, donde los reyes, o sea, los habitantes de Cuento más afortunados en el día de hoy, han encontrado La Cabaña Tortuga. Y ahí están, haciendo cola para entrar y exponer el resultado de sus investigaciones.

─¿Es aquí el último? ─quiso saber Lata, tras acoplarse a la bulliciosa hilera.

Lata era un rey escuálido, de pelo oscuro y marchito como sus ojos, y poco resultón con las reinas que había intercambiado sus azulados reojos. Su piel, sin embargo, era tan brillante como reflejo de plata.

El ajeno al que presuntamente iba dirigida la pregunta pareció despertar.

─Es aquí... ─dijo por respuesta, y engrandeció unos ojos oscuros y marrones como dos interesadas bellotas maduras.

Lata hizo un ademán y mostró su cortesía. Luego disimuló, y alzó la cabeza; vio una extensión sin límites que no abarcaba con tan sólo una mirada. Delante se extendía un valle amarillo, regado con esmero, como de pan rallado repleto de criaturas que andaban despacio hacia La Cabaña Tortuga formando un aderezo digno de ser comido; la duda de llegar a tiempo a la asamblea revoloteó por un segundo su cabeza.

El ajeno levantó la mano y señaló un punto lejano.

─Sólo si viene de allí, es aquí ─expresó contrayendo el ceño, y de inmediato calló dándole de nuevo la espalda como si no le importara nada lo que acababa de exponer.

─¿Cómo ha dicho? ─espetó Lata, dándole un par de golpecitos en su espalda.

El ajeno se volvió hacia él sin respuesta alguna. Lata aprovechó para observar fijamente su aspecto. El pelo parecía tan meloso y reluciente como la miel, y su cara parecía... ¡puf!, cualquier cara, pensó. Pero era curioso, tenía una enorme verruga en la frente que se llevaba toda la atención, como si una mosca borreguera se hubiera posado a descansar indefinidamente.

─¿Usted ha perdido el oído? ─advirtió el ajeno entonces, un tanto molesto al ver el percal.

─No, ¿por qué?

─El Peón ha perdido la vista, y usted parece andar mal de sus confrontadas amigas, ¿usted también las llama orejas?

Lata se encogió de hombros.

─¿Acaso hay otro nombre? ─exigió con extrañeza.

─Mi madre las llamaba Dumbas...

─No había oído ese nombre nunca...

─Eso es porque no ha vivido con mi madre.

─Lleva usted razón.

─Siempre la llevo ─exclamó el ajeno clavando una mirada con rosca en los ojos de Lata.

Se hizo un breve silencio, sólo entre los dos.

─¿A qué se dedica usted? ─preguntó el ajeno tras rascarse la barbilla varias veces. Lata meneó la cabeza un tanto incómodo.

─En este momento, a nada ─respondió─. De pequeño cantaba y...

─¿A quién le importa lo que hacía usted cuando apenas llegaba a la mesa y ni siquiera sabía para qué servían sus pies? ─cortó el forastero con cierto aire de arrogancia─. ¡Ah, ya comprendo! Usted no ha encontrado la vista del Peón, pero viene para sentirse útil, por eso está aquí, ¡claro! De ese modo y si hay suerte, podrá exponer ante El Peón un veredicto unánime recopilado entre tantos rumores. ¿Así que es eso? ─Lata no dijo nada, no obstante, perfiló con sus labios un círculo lo más parecido a una O, y engrandeció los ojos, tres cuartos sorprendido y un cuarto y mitad asustado─. Pero le diré una cosa, ¡no es así de simple! ─gruñó el ajeno─. Creo que hay algo más que un ladronzuelo detrás de todo esto. Tal vez se trate de un rey que manipula los instantes a su antojo... O quizá estemos ante un desgarro maligno, que se vale de esta amenaza ocasionada en el mismo ambiente y fluye más allá de nuestra conciencia. Yo creo que es así. Hay un gran puchero en mi cabeza lleno de tropezones de malestar. Cuando lo remuevo para completar una nueva vuelta, ¡zas!, otro torrezno improductivo cae como una duda hasta el fondo del caldo. ¡Qué desastre! ¡Así no acabaré nunca!
─Dicho así, suena peligroso.

─Dicho así y de cualquier manera que se diga. Y lo es ─afirmó el ajeno estremeciéndose como un perro mojado; hasta la hinchada barriga que ostentaba tiritó─ No le quepa duda. Yo traigo la respuesta que necesita El Peón.

─¿Ha encontrado su vista?

─¿La mía?

─¡No, hombre!, la del Peón.

─No.

─¿Entonces?

─Acérquese ─musitó el ajeno.
Lata obedeció descubriendo una meticulosa curiosidad, e inclinó la cabeza hasta que su oreja casi topó con la boca del forastero.
─Sé donde no está la vista del Peón ─murmuró.
─Pero eso es fácil ─alegó de inmediato Lata─. Sólo hay un lugar donde está. El resto es donde no está; millones de espacios vacíos donde jamás descubriremos la vista del Peón. Yo también habría llegado a esa lógica.
─Usted cree. ─objetó el ajeno, y se rodeó la barbilla con sus rechonchos dedos─. A veces no hay mayor lógica que sentirse confundido, uno lleva siempre la sinrazón entonces. Sacar a pasear la sabiduría más de la cuenta es peligroso, pues sepa, que si la ignorancia nos descubre puede anudar los cordones de nuestros zapatos y hacernos caer de bruces. Claro que, no puede vivir por debajo de la humildad y aún menos por encima.
»Acérquese de nuevo ─Exigió. Lata obedeció─. Le voy a confesar algo, ya que es usted tan retraído con ganas de enterarse de todo. Aunque... me temo que no se entere de casi nada. Únicamente el individuo que robó la vista del Peón sabe dónde la ha escondido.

Lata al escuchar la confesión se quedó a cuadros, literalmente, ¿me entendéis, no? Los reyes no pueden ir de aquí para allá disfrazados de cuadros... es evidente.

─Pero no se equivoque ─siguió diciendo el ajeno─. Eso es lo que él quiere hacernos creer. Figúrese que usted dijera uno de tantos lugares donde imaginamos que no está la vista del Peón. Pero piense... ─Lata se llevó rápidamente el dedo índice a la sien; se esforzaba por dar muestra de estar metido en el papel de pensador─. Tal vez el riesgo de encontrar el lugar donde está la vista no sea tan mínimo─. Y si está allí donde se predice que tiene que no estar... ¡Imagínese! ─vociferó abriendo sus brazos y apartando el aire con sus manos─. ¿Sabe el premio que El Peón ha ofrecido por su vista?

─¿Por la mía?

─¡No, hombre! Por la que ha perdido, la vista irreal, la suya propia, la vista del Peón ─apuntilló con énfasis el ajeno como si algo irreparable se fuera de su lado─. Pues verá, ha ofrecido cuantiosos Rábanos y todo un jardín de árboles de Brócoli para comer y dormir bajo ellos durante chorrocientos días...

─Chorrocientos días ─balbuceó Lata, relamiéndose en cada una de las sílabas. Parecía como si semejante premio no entrara en los limitados extremos de su imaginación.

─Y junto al regalo ─añadió el ajeno, henchido por su propia voz─, adjunta también su preciado CaraCol, rápido y cantarín que despertará al premiado siempre que abra los ojos la Noche. ¿¡No sería estupendo!?

Lata meneó la cabeza, formando tres apáticos e inservibles síes; su cabeza aún se relamía entre arbolitos de Brócoli. El Peón, ya podía haber ofrecido a una de sus hijas en vez de aquel ilimitado CaraCol irreal, pensó Lata. Él siempre había bebido los vientos por Flora, la más bella de la corte. ¡Ay, Flora!

Pero la retahíla del ajeno aún no había concluido.
─¡La desgracia recaerá en todo aquél que llegue con falsas noticias!... ─recordó. Y su voz alcanzó un tono solemne y puntual, y de sus ojos brotaron raíces y tallos de misterio─. Que se prepare el charlatán que arriesgue a decir un lugar, y éste, esté desierto. ¿Sabe lo que eso significa? ─preguntó, aún sin esperar respuesta, pues el ajeno era un vagón de nervios sin freno─. Que los que mientan al Peón serán echados al Fuego, y se helarán en menos que canta un Ciprés.

─¡Cierto! ─afirmó Lata, asustado incluso al ver que había podido colar su respuesta.

Lata no podía negar que empezaba a ver a aquel individuo de forma diferente, parecía un tipo con la cabeza bien enroscada entre los dos cerros que tenía por hombros, desde luego. Salían cosas inteligentes de su interior cuando abría la larga cremallera de dientes que poseía, o al menos no era torpe visto desde el hemisferio más engrasado de Lata.
El ajeno se movió y adoptó una pose divertida, y con un dedo tieso apuntó a lo alto del cielo color vainilla, mientras su habla surgía como encantada:

─Imagínese por un momento, mi querido amigo... ─sugirió.

─¿Oiga, en qué momento he empezado a ser su amigo? ─interrumpió Lata.

─Bueno... supongamos...

Lata se retrajo, y le miró con un gesto de bisagra descolgada... ¿cómo se suponía a un amigo? El ajeno continuó con su especulación.

─Como le decía... ─indicó─. Imagínese que usted tiene la vista del Peón.

─¿Yo?

─Haga un esfuerzo. ¡No colabora en nada!

─Está bien ─protestó Lata, y buscó en su memoria el libro de fórmulas de concentración. Al cabo de unos segundos descendió de la memoria con el pesado volumen bajo el brazo.

Lógicamente tener la vista de otro era algo nuevo para él, pero más aún era ver el reino de Cuento desde los ojos del Peón, aunque... ¿Por qué no hacerlo ahora? No costaba nada intentarlo. Apretó los labios de un modo que los hizo desaparecer de su cara... solamente una rasgadura en la piel daba nota de que allí había una puerta que daba a la mazmorra oscura donde un carcelero aprisionaba el aire. Poco a poco la cara de Lata empezó a adquirir un tono color tomate, más que rojo, preocupante.

─Puede respirar ¿eh? ─le sugirió el ajeno─. Que sea el Peón no quiere decir que se ahogue.
Lata asintió, amoratado como una mora silvestre madura madura a punto de reventar. Y de inmediato se estiró, giro el cuello despacio hacia uno y otro lado, ahuecado como un palomo ante su dama, y con la soltura de un ser superior dijo soltando todo el aire acumulado de golpe:

─Cuento es un reino fastuoso y sin parangón como jamás hubo otro igual... ─espetó, y movió el brazo con gracia. Ni el mismísimo Peón del reino de Cuento tenía semejante desenvoltura en sus actos. Lata daba muestras de estar muy metió en el papel irreal.

El propio ajeno se sorprendió por el tono y la actitud representada.

─¿Se da cuenta majestad que todos aguardan para servirle, cual diablillos impacientes? ─expresó, y a su vez se frotó las yemas de sus dedos con soltura.

─Cierto... ─asintió Lata─. Ejem, ejem... ¿Usted quién es? ─preguntó, sin dejar de representar el papel de Peón.

─Puede llamarme Azar, Señor ─respondió el ajeno, figurando ser un servidor fiel a la corte, prolongando la pantomima.

─Muy bien, Azar. ¿Y qué le trae por aquí?

─Poca cosa, majestad ─respondió─. Quizá estar aquí es porque aunque transito por los cuatro confines sin parar, siempre me gusta estar delante de allí, que es aquí... ─y tras callarse, hizo una reverencia en la que sus ojos se quedaron estacionados en un punto indeterminado del suelo.

De este modo, y a medida que la fila fue avanzando, Lata y Azar estuvieron largo y largo rato conversando (si se puede llamar conversación al servicio que dieron a sus palabras).

Tanto se metió Lata en la representación de ser el Peón del reino de Cuento delante de Azar, que pronto se encontraron, absorbidos por el diálogo, dentro de la Cabaña Tortuga.

─¿Por qué ve todo tan distinto? ─preguntó Azar en voz alta, ya entre los muros irreales.

─Porque tengo la vista del Peón ─decretó Lata a voz en cuello, clavando con maestría su representación; sus brazos extendidos y alzados formaban una te minúscula.

De repente, todos los reyes que se encontraban de cháchara callaron y le miraron sorprendidos. Era evidente que el silencio sacó a Lata de su fingido papel. Fue entonces cuando Azar intervino.

─Majestad, he aquí a quien os ha robado vuestra vista... ─denunció, señalando al acusado de manera rimbombante. Una mueca puntillosa acudió a su cara. Lata quedó mudo sin saber qué decir ante las gruesas columnas de la Cabaña que giraban sobre sí mismas como barrenas, sólo fue capaz de bajar los brazos─. Él mismo lo ha manifestado ─decretó por último Azar, volviendo a mover un dedo chivato hacia la figura de Lata.

─¡Traedlo a mi presencia! ─ordenó el Peón, rebozado en insolentes empanadillas de cólera.

La guardia irreal se abalanzó sobre el esquelético cuerpo de Lata. Un mar de brazos y piernas se levantó como un Bosque de Bultos. Finalmente, Lata fue doblegado y apresado, y llevado al aposento impersonal de su majestad.

Desde entonces, nunca más se supo de él. Y de Azar... ¿por cierto?, nadie volvió a ver a Azar, ¿o sí? Tal vez se haya ido lejos a disfrutar de la recompensa y del CaraCol irreal que, por supuesto, lo despertará con su agudo canto cuando el Sol tropiece y caiga de bruces en la noche.

Los más reservados, sin embargo, dicen que se oyen voces durante el día, más que voces tonalidades líricas de un trovador, quizá dichoso de sentirse útil y poder cantarle al oído a su doncella. ¡Ay, Flora! Aunque otros discrepan que son lamentos, crujidos que crecen en el silencio de la noche cuando los presos trabajan aceitando las chorrocientas mil bisagras de La Cabaña Tortuga.

Pero en el reino de Cuento, las cosas no son lo que parece, y lo que menos parece quizá es lo que son.

Y, ni colorado ni colorín, este cuento NO tiene FIN.

SIN FIN
Mián Ros (quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)

jueves, 26 de agosto de 2010

Reseña de Ángeles de cartón por la escritora Blanca Miosi

Un hombre arrastrado por un sentimiento de culpa recorre por los turbulentos senderos de sus deseos reprimidos, transforma el mundo real en uno hecho a la medida de sus necesidades, en el que el amor por su hija ocupa todo espacio posible llevándolo a terrenos vedados, en los cuales aprende a perdonar, a comprender y finalmente a aceptar lo ineludible.

Pocas veces he tenido la oportunidad de leer un libro con tanto contenido emocional, en donde lo real aparenta ser y no es, y confieso que más allá de las tres cuartas partes del libro estuve pensando lo que no era. De pronto todo se va situando en contexto, las piezas van encajando una a una y me doy cuenta de que ese hombre que vive como un vagabundo en busca de la hija perdida tiene un único nexo con la realidad: su bolígrafo BIC. Es el que lo ata al mundo, es con el que escribe todo lo que su mente atormentada recuerda, vive e imagina, y hasta podría decir lo que su alma premonitoriamente asoma si las cosas hubiesen sido diferentes.

A lo largo de los apuntes que va haciendo en un diario dirigido a su esposa, la búsqueda de Ángela se torna por momentos en pesadillas, en las que se trastocan los ideales en sentido común, y éste en el reconocimiento de que todo hubiera sido de otra manera si él hubiese sido diferente, y esa pregunta que es la que nos lleva a investigar más allá de nosotros mismos: «y si…» queda en el aire, pues lo inevitable tarde o temprano llega, así como llegó para Champalán, (Carlos) el vagabundo, el padre, el esposo, el escritor, el jefe del bajo mundo, y uno de los ángeles de cartón.

Las veces que he leído textos de Miguel Ángel López Matamoros, (Mián) me he impregnado de su alto contenido intimista. Mián no escribe para agradar a otros, o porque desee complacer a editores. Él es de los que escribe con el alma en una pluma que en cada rasgo va dejando jirones de su alma. Ángeles de cartón es una novela cargada de frases magníficas, como:

…Ay, me ha vuelto a ocurrir, y la misma pregunta me interrumpe… ¿Cómo es posible que todos mis pensamientos confluyan hacia mi pasado? No quiero pensarlo, pero soy juicioso con mis sentimientos y sé que estoy apresado por los momentos ya vividos, soy reo y celda de mí mismo, es una pasión inevitable.…

Por un instante me doy cuenta de que mi cuerpo empieza a entrar en razón antes que mi cerebro cuando el calor del caldo calienta y curiosea todo mi interior. Es un momento inigualable. Creo que está dando resultado, pues el calor de esta sopa es como una pequeña panacea contra el frío. Poco a poco me reconforta y mengua en buena parte la destemplanza con la que he despertado, y retira de mi cuerpo parte de la humedad que nos ha presentado esta mañana el duro día invernal, arropándonos, desde que se fueron las sombras, con su sábana de color ceniza oscureciendo estos serios apéndices que llamamos edificios. Es una lástima, porque el cielo está cerrado como boca de lobo y creo que este calabobos persistirá sobre nuestras cabezas durante muchas horas más.…

Ahora ha venido a verme. Se para un instante, se tropieza con mi mirada y yo lo hago en su dejadez, en su rimel corrido por las lágrimas, en el negro pelo mal peinado y en su rebeca puesta con pereza, y despierto de bruces lejos de la imaginación que perfilaría un ángel de destellos deslumbrantes y maravillosos con el que soñé cientos de veces.

Muchas gracias, Mián por recordarme que la literatura es una de mis premisas.

Esta novela quedó finalista del I Premio de Creación Literaria Bubok.
B. Miosi

jueves, 1 de julio de 2010

La Leyenda de Almaranthya - Prólogo

Prólogo: Las Mil Bocas del Mundo

Si un día despertaras barruntando tu muerte tras el próximo crepúsculo, ¿acudirías a su encuentro? Ella, Lanyamell, la joven inmortal Célica, sí lo hizo, atraída por el irrefrenable don al que están expuestos todos los seres humanos, y a los que ni siquiera las vendas negras del destino sobre ojos desnudos conseguirían detener: el amor. Pues como todo el mundo sabe, nadie es capaz de vivir para siempre.
Y ella lo sabía, la voluntad de los dioses difícilmente puede ser alterada, y aún más que nadie entendía, con ese don con el que había sido regada desde los amaneceres antiguos, que el ojo divino alcanza siempre a los hombres por mucho que éstos se quieran esconder. Y así, apoyada, aunque de puntillas, en aquel influjo de razonamiento, había emprendido viaje.
Aquel plenilunio, como repetidas noches anteriores, el elegante vuelo del Eskarkam ─híbrido legendario, reptil-ave─ se empuntaba sobrevolando las plateadas aguas del Océano Díscolo trasportando en su lomo a la mujer y a su amado hacia el lugar elegido.
Todo era dulce y sutil, pero de una similitud aplastante, tal como lo había presagiado Lanyamell. Y sin embargo lo temía, lo temía en silencio, llegando a reprimir sus emociones al volver a vivir aquella terrible premonición. Mas ni siquiera había sido capaz de revelar su temor a nadie, ni siquiera a él, y se preguntaba por qué no lo había hecho, por qué no había tenido el valor de revelárselo, al menos, para que estuviera preparado para lo que pudiera venir.
La luna llena se encontraba reproducida como en su sueño, por encima de las oscuras vertientes, como debía de ser, como debía de brillar, simplemente, como debía, pese a la obstinación de la joven Lanyamell porque aquello cambiase de alguna forma y manera. Pero no había modo de pararlo, porque ella sólo ansiaba estar junto a él, al lado de su amado, bajo aquel influjo que desprendía la bola blanca y límpida que refulgía ufana allá en lo alto con su vestido evanescente de blanco talle, como todas las noches, radiante entre las algodonadas nubes.
El viento también acudió a la cita, sabio y obediente, secuenciando el momento y la orden del destino, suave y primaveral, sacudiendo las aguas contra el precipicio de confusa imperfección para que todo estuviera dispuesto, para que nada fallase, para que aquel presentimiento de la joven de sangre célica se colmara sin fallo alguno... como en su premonición.
Diestramente el Eskarkam avistó el barranco, que se cortaba verticalmente a plomo en la zona suroeste de la Isla de Gavión, la mayor de las cinco islas que conformaban el archipiélago Anular de Almaranthya.
Cientos de cuevas se extendían por el desplegado acantilado, muchas de ellas creadas por los ejércitos de la naturaleza, otras, por los ejércitos del hombre. Un hombre que desde que se armó en barro y caminara por la superficie de la corteza elemental, avasalló sus rocosas entrañas en beneficio de sus propios intereses de guerras pasadas. Desde antaño, los hombres que dominaron el Latifundio Antiguo y lo sometieron a sus formas y caprichos introduciéndose en sus ocultos Imperios le pusieron nombre al anguloso abismo: Las Mil Bocas del Mundo, para recuerdo de postergadas especies erguidas sobre dos piernas.
Y era aquel el lugar escogido, donde una de las cuevas de las Mil Bocas del Mundo les esperaba.
El Eskarkam rastreó la zona planeando sobre los muros y las clamorosas olas del mar penetrando en el aire con majestuosidad, virajes perfectos que apenas ofrecían resistencia a pesar de su inmenso volumen.
El jinete que montaba gobernando la bestia era el príncipe Evhan Shar, hijo de Agrión el Esplendente y futuro heredero al trono de Almaranthya como único y legítimo en la descendencia de la sangre real. No obstante, era muy joven aún. Se decía que tenía dieciocho años pero ningún plebeyo fuera de las habladurías de la corte se atrevía a pronunciar tal sensatez. Agrión, el rey, fuera de toda especulación sobre la edad de su hijo, había procurado que fuera instruido inteligentemente en las complicadas ciencias del saber, como así lo requería un sangre real, ilustrado en las ciencias y la política por los más célebres sabios y maestros del Imperio. Asimismo, había sido entrenado para la guerra desde su niñez por los maestros de armas más codiciados de los reyes y pulido por decenas de preponderantes magos, fieles seguidores de su padre en el respetuoso culto a la magia, con todos los límpidos dones que ese místico y envolvente mundo conlleva. Sortilegios mágicos, trasformaciones, gracias curativas, tantas y tantas virtudes dentro de ese don especial del que los elabora, reversible todo ello, a pesar de todo. Como también había podido aprender Evhan Shar; el límite oscuro al que conducen los caminos paralelos de las energías mágicas; místicas y poderosas. Ambiguas, además de complicadas, en cierto modo, si no se tomaban las precauciones sobre el camino correcto a seguir.
Los esfuerzos de su padre bien habían valido la pena, pues Evhan Shar, inmaduro todavía, se había entremezclado desde bien pequeño habilidosamente en la política y los conflictos de su reino, e incluso yendo más allá, fuera de él y sus comarcas, donde se había ganado, a pesar de su inmadurez, un solemne puesto de honor entre los distinguidos miembros del consejo establecido para mayor orgullo de su padre el rey.
Sin duda, Agrión, el rey, había forjado una gran espada con la que defender y continuar su descendencia para el imperio almaranthyo. Pero la suerte de un pueblo, con tan sólo una espada en la que depositar sus esperanzas, era endeble, y el vulgo lo temía. “¿Para qué más?”, decía Agrión para tranquilizar a su gente en las reuniones, si el filo de la única espada heredera tenía una presencia descollada y sin parangón y una vez se enlazase a una doncella traería descendencia suficiente para serenidad del Imperio. Sin embargo, aquella apuesta de Agrión era peligrosa para la suerte de un pueblo, ya que la buena fe de los hombres desaparece de la noche a la mañana, moldeándose en las enfermizas mentes donde la codicia se satisface sola y sin avisar, pudiendo dilapidar los deseos del mismísimo rey.
No obstante, su hijo el príncipe lo tenía todo: fama, poder, inteligencia, compostura, todo ello recubierto con elegancia, reflejada en los perfiles de su apuesta figura, lo que le llevaba a ser anhelado por cientos de doncellas de clase noble y de las que no lo eran, de cualquiera de las comarcas, de cualquiera de los confines del Latifundio Antiguo, de todas, sin excepción. Todo lo que un sangre real podía reunir y de lo que sentirse orgulloso, lo tenía él, Evhan Shar, el único príncipe que podría heredar el cetro de Almaranthya, codiciado por muchos, soberanos o no. Pero toda esta jactanciosa pompa de brillantez que le rodeaba no se afinaba a la sencillez que habitaba en aquel cuerpo adolescente, transparente y sencillo, como cualquier otro muchacho de sangre humilde, con los defectos que eso implica en toda joven piel, repleta de imprudencia y de locura, cosida a su estructura con los hilos de la inexperiencia.
En Evhan, esa locura se había desatado en su interior y le había llevado sin frenos a enamorarse de una de las personas de las cuales no debía haberse enamorado, pero aquellos hilos, delicados y novatos le habían arrastrado a pecar, pues la ley vigente lo contemplaba. Él lo sabía de buena tinta, como máximo miembro del Pacto de los Cielos. Si bien aquel Pacto de los Cielos vetaba entre sus leyes la mezcla entre las razas. Su amada era célica, de linaje inmortal de otro tiempo. Él, a pesar de ser un sangre real, era un hombre, simple y llanamente mortal.
“Nada ni nadie podrá mezclarse ni ser mezclado bajo el cielo de los dioses. Todo mestizo vivirá absorto dentro de su mundo de agonía. No podrá detenerse ni dormir, pues si esto ocurriese y se atreviese a descansar y cerrar sus ojos, las afiladas dagas del Imperio como castigo, una vez dado caza al “pecado”, que no a los pecadores que concibieron tal ofensa al Reino, el “pecado” será sacrificado. Del mismo modo se imparte la ley para todo el pecador que sea descubierto”.
Era la rúbrica impuesta de la política en los imperios y sus tratados.
Evhan Shar en la silla del antiguo Eskarkam parecía endeble y frágil mientras dirigía las maniobras del vuelo. Pero no era así. Su fornida y entrenada anatomía se distinguía sin miedos en las alturas. Como su pardo pelo de larga melena bandeada al viento, resistiendo las acometidas del impetuoso planeo del animal arcano. Sus ojos, grandes y rasgados tenían el color de la miel, y su nariz, era refinada por encima de un despoblado bigote y una fina barba que llevaba siempre arreglada con mesura arropando unos labios de agradable sonrisa, escoltada por dos redondeadas orejas de piel oscura y unos dientes blancos, tan blancos como la más pura nieve que cae en el invierno. Todo ello consumaba un rostro fuerte y joven que rezumaba templanza por cada poro de su piel. Sus enérgicas manos, limpias de atuendo, agarraban con autoridad las riendas de la enorme criatura que obedecía fácilmente los arrojos de su amo.
En la complicada maniobra, Evhan, se manifestó atrevido, ante la arrebatadora luz de la noche. La bella empuñadura de Sârcodon, la “espada única”, que tan sólo un sangre real puede merecer y portar, centelleó arrogante acrecentando la figura del príncipe. La vestimenta utilizada era toda oscura, elegida a conciencia por él mismo para que su estampa se disimulara como una sombra entre las sombras en medio de la noche.
Detrás del vigoroso joven montaba ella, Lanyamell. Se la veía joven y hermosa, pero no únicamente hermosa por sus rasgos y sus pulimentadas formas mostrando con ello la perfección a la que puede llegar un ser humano en la apariencia estilizada de mujer, sino hermosa en su indescriptible condición divina defendida por aquel cuerpo mágico, brillante y claro en la luminaria de la noche. Su pelo rubio brincaba y retozaba con el empuje del mensajero intocable del mundo. Sólo él, el viento, se atrevía sin pudor a peinar semejante melena, suave como diente de león. Estaba coronada por una fina diadema de centelleantes jades de colores, casi inapreciable entre la juguetona cascada dorada de su melena. Sus ojos eran verdes e intensos y tenía en ellos una mirada amplia bajo unas cejas áridas, delineadas sobre una piel tersa y blanca como la luna en noche despejada. Una sonrisa de distinguidos labios se entregaba fácil bajo la graciosa nariz respingona que agraciaba su perfil, con ella inspiraba hacia su fortaleza interior todo el impulso natural de la vida. Lucía un vestido largo de color azulenco con anchos bordados en los costados de matices ígneos, y un cinto de triple trenza que coincidían en una gran hebilla con un alegórico símbolo central en su relieve. Era el emblema de su comunidad célica; tres gotas de agua que centelleaban con insistencia en el centro de su ser.
Lanyamell, la llamaba él, entre susurros y risas siempre en su boca. Ella le atesoraba con fuerza callando para sí su desdicha. Sin embargo no se atrevía a desvelar su presentimiento, aferrándose a él cada vez más fuerte para que el destino pasara de largo y al descuido de la noche se olvidase de los dos.
Se dirigían ahora hacia poniente en vuelo plano sobre el agua, salpicados sus radiantes cuerpos en cada empentón que el animal acometía con su vientre por encima de las intranquilas olas. Disfrutaban de un armónico vuelo, ajenos a los ojos de los animales nocturnos y de las miradas de los hombres que se escondían aquella noche en las profundas cuevas del abismo. Perversas y diabólicas eran las miradas que escudriñaban desde la oscuridad las vertiginosas maniobras del vetusto Eskarkam, relamiéndose ante el cercano olor de la muerte.
Pronto, el Eskarkam empezó a volar en círculos sobre el enmarañado acantilado de la gran isla. Un meritorio descenso los acercó a los pies de una de las grutas. Las portentosas garras del enorme volador aferraron las rocas. Aflojó su batir de alas hasta plegarlas y detener su impulso junto a la desembocadura de la caverna al pie del doliente abismo. La maniobra había finalizado.
Desmontaron mientras Evhan oteaba el horizonte, receloso de miradas delatoras. Pronto, el sigiloso muchacho, y una vez acabado el reconocimiento, tomó con delicadeza el brazo de su amada Lanyamell y encaminaron sus pasos hacia el interior de la cueva donde las grandes fauces de la negrura los engulló finalmente. El atrevido Eskarkam quedó erguido y silencioso delante de la caverna, como guardián de su amo y de la dama célica.
─El cortejo se viene repitiendo cada vez con más asiduidad, y siempre se ocultan ahí, en Típula, una de las grutas más pequeñas del archipiélago ─dijo una voz vibrante inmersa en las profundidades de una oscura grieta, al mismo tiempo que señalaba en el horizonte el lugar donde el imponente Eskarkam montaba guardia en el acantilado.
─Indudablemente es él. Evhan, el príncipe ─atestiguó una segunda voz, redomada y embutida a su vez en una capucha oscura, más aún que la negruzca bóveda de piedras donde se encontraban sumergidos los dos seres.
Fue entonces, nunca antes, cuando el hombre encapuchado observó silenciosamente a lo lejos sobre el escarpado, a la derecha de su ángulo de visión corroborando su sospecha como él mismo y, deliberadamente, había requerido. Estaban allí, ocultos. Eran tres humanos que arriesgaban sus cuerpos en el peligroso terreno, esperando a lo largo de una escalinata natural en el rocoso precipicio. Y todo para hacer valer un miserable y corrompido deseo. Uno de ellos era alto y espigado como un independiente ciprés que hubiera crecido entre las arriesgadas piedras del barranco, de cabello largo y crespo, de pronta mirada y más prontos actos. Los otros dos furtivos, a pesar de la lejanía, aparentaban escasa altura, aunque anchos y fornidos como los viejos chaparros, lentos pero precisos como podría llegar a ser la más dura de las torturas. Los tres mantenían guardia con sus arcos acordados, descansando su flexible perfil en sus vastas manos. En cada una de las secretas espaldas reposaba un carcaj con flechas de “Muerte”. Unas flechas de “Muerte” cuyo vértice estaba trabajado con puro granito pulido, mezclado con incrustaciones de diamantes de los alcores de Punta Negra, fraguada con el más temible de los venenos y empenachadas a modo exquisito en el extremo opuesto con plumas de ánsar salvaje. Un arma urdida en las mismas llamas del infierno para exterminar la vida de cualquier criatura mortal e inmortal, penetrable e impenetrable que se pusiera a su alcance.
Los misteriosos hombres permanecieron expectantes. La luna fue progresando hacia el oeste perfilando las pequeñas nubes imponiendo un tapiz de ensueño en la bóveda del cielo. Un tapiz que puede trasportar a dos mundos diferentes dependiendo del estado y la situación de la mente que lo contemple. Aquel cielo, trasparente y primaveral podía evocar a Evhan y a su amada Lanyamell a la tranquilidad y la belleza inconmensurable de una noche de pasión sin frenos. Sin embargo, para los hombres ocultos, aquel cielo no era más que una simple y enmarañada cúpula de nubes que les trasmitía todo lo contrario. Un escenario terrorífico y tenebroso de perfecta luz noctámbula, de vaporoso misterio, como el que suele atraer a las mentes retorcidas bajo aquel influjo de aquella silenciosa luna. Una Luna que sería testigo presencial de aquel villano acto que estaba a punto de producirse.
No obstante, las sombras de la noche para bien o para mal crecieron en el acantilado, ocultando el profundo lecho de piedras que custodiaba la primitiva bestia; criatura divina o diabólica, allá cada cual y su reservada opinión al contemplarla.
El tiempo se movía y la noche avanzó del mismo modo que el destino imaginado por Lanyamell. A la desidia de la espera se le unió el compás de las olas, empenachadas de espuma, rompiendo sin descanso contra la vertiente y levantando el olor a salitre, fuerte y húmedo, llegando a los sombríos rostros que vigilaban en silencio.
El repentino movimiento del Eskarkam girándose hacia la negra boca de la cueva alertó las miradas de los furtivos. Si la Luna se hubiera desplomado sobre las aguas en ese mismo instante ninguno de los ocultos se hubiera percatado. Sus ojos, clavados como puntas de acero en el híbrido-antiguo, apuntalaban cada uno de sus movimientos con sus brillantes pupilas. Por fin, detrás del inquebrantable animal aparecieron los dos jóvenes cogidos de la mano. Se mostraron felices a la tibia luz; sonrisas renovadas alimentadas con delirio. Entre abrazos y zalamerías se acercaron a la criatura voladora que ya inclinaba dócilmente su cuerpo, amaestrada de forma sublime por los instructores de ejército alado; Evhan Shar y Lanyamell escalaron hasta su lomo.
Fue entonces cuando el oscuro ser de la capucha se volvió a mover en la oscuridad de la gruta donde enterraba su forma. Miró sobre su hombro apretando su ira contra sí y proyectándola sobre los dos jóvenes que a lo lejos se apresuraban a acomodarse en el bravo Eskarkam.
─Es ella ─resopló a su vez con fuerza. Como lo haría una fiera a punto de embestir resentida por alguna cornada─. Es la joven inmortal de la que tanto hablan ─añadió con un ardor que parecía carcomerle las entrañas. En ningún momento apartó el tono áspero de su boca.
Enseguida, giró su rostro advirtiendo a su lado al hombre alto que le escoltaba; el mismo que le había conducido hasta el recóndito lugar para confirmar el murmullo que se repetía en las ciudades y aldeas sobre el idilio de los dos ilustres jóvenes. Un rumor que había crecido en los últimos meses y se esparcía rápido como el fuego que carboniza el bosque un día de viento.
Enterrado bajo la caperuza bufó de rabia, y esta vez su voz surgió ardiente y sucia a la vez. Su decisión embaucó los perfiles oscuros de aquella cueva como si ese murmullo hubiera nacido de otro ser tenebroso que habitara en la negra profundidad de su vestimenta. Sin embargo, la voz llegó clara y concisa a los oídos del gigantesco cuerpo de voz vibrante que le flanqueaba. Éste asintió, se volvió hacia su costado derecho y posicionó una de sus manos contra su boca como para dirigir la voz. Ululó al aire. La señal sonó como el canto de un mochuelo en la noche. La orden llegó nítida a las tres figuras camufladas no muy lejos de allí. Tomaron posiciones, cargaron en los arcos las flechas de Muerte y esperaron una nueva orden.
El Eskarkam abrió sus espléndidas alas, plumosas como las de un águila, aunque estas eran inabarcables entre ocho o diez hombres que se juntaran a su alrededor. De la vieja escuadra de Eskarkams de las tropas de Almaranthya, Macrodonte, como así llamaban al animal alado desde que saliera del huevo, era de los más viejos. Se decía que superaba ya los quinientos años. De ahí su portentoso tamaño, mas no paraban de crecer, decían también. Los dos jóvenes eran simples fardos en el lomo del animal como dos minúsculas jorobas.
Evhan, bien aferrado a la silla, volvió a coger las riendas dejando a Lanyamell como acostumbraba en la parte posterior de la larga silla. Macrodonte, sin coger apenas impulso, sacudió sus alas y se lanzó al vacío del negro acantilado. Estiró sus alones justo un instante antes de topar contra las enfurecidas aguas, remontando el vuelo vertiginosamente. Las carcajadas y el júbilo de los dos jóvenes rebotaron en el precipicio con una respuesta eficiente del eco.
Viraron muy cerca del acantilado, motivo que les llevó de nuevo a encoger el aliento al pasar arañando el desfiladero. Lanyamell se agarraba con fuerza a su amado en las complicadas maniobras, pese a sentirse segura junto a su joven príncipe.
De repente, el nuevo giro del híbrido-vetusto les posicionó a una buena distancia de tiro. Las lianas de los arcos crujieron en algún lugar de la penumbra. Estaban a punto de entrar de lleno en la trampa. Los cazadores mantuvieron la respiración, acribillando con la mirada la presa.
Un golpe de viento sopló bamboleando las hierbas altas y matorrales de los riscos. Cuando éste cedió, la esperada orden llegó. Tras ella, tres flechas zumbaron en la noche, renegreando fugaces a la luz de la luna.
Una encontró el largo cuello del Eskarkam, que bramó amargamente al contacto con el acero y su veneno interrumpiendo su vuelo. El torpe golpeteo de las alas confirmó el disparo. La carne vomitó la sangre brillante al exterior como manantial de plata. Otra punta de Muerte encontró el pecho del joven. Evhan apenas chilló. No obstante, su sonrisa se escondió de golpe, sus ojos vagaron sin rumbo quedando a merced del impacto. Cien lunas aparecieron frente a sus ojos. Se vio morir. Su mano derecha aferró con ardor la herida. Rígido y apenas sin respiración apretó trabando la convulsión que había formado la flecha intentando detener el cauce de sangre. Fue inútil, su mano se encharcó al igual que su ropaje. Valeroso el joven, aún sabiendo del mortal disparo, no soltó la brida del animal valiéndose de su otra mano. La tercera y última flecha había quebrantado el costado de la muchacha, que respingó con un lamento seco como tragándose su propio gemido e intentó mantenerse erguida sin caer. Aquella visión se había vuelto a producir, pero esta vez, aquello no era una perspectiva supuesta. Pobre Lanyamell, ni siquiera su don la había podido salvar. El destino, amargamente, había alcanzado su presa.
La estampa del animal alado se remolinó fieramente cayendo al abismo sin poder recuperarse.
Tres nuevas flechas fueron disparadas antes de que los cuerpos se perdieran entre las oscuras aguas y el abismo de las Mil Bocas del Mundo. Las tres volvieron a encontrar su objetivo en el lance.
El encapuchado, pétreo como el suelo que sostenía su concentrada estructura, certificó la caída de los dos jóvenes y de su apreciada criatura antigua. Fue entonces cuando bajó el rostro, gruñó de rabia contra el suelo, y con los mismos fríos movimientos que había desplegado durante la noche, reparó de nuevo en el ser alto y enigmático que permanecía de igual modo junto a él, imperturbable en las tinieblas. Le entregó un saquito que chinchineaba repleto de monedas y un pergamino, al tiempo que le barboteaba:
─ ¡Tomad!, lo acordado ─espetó.
El desgarbado hombre se giró arrogante para cobrar el trabajo. Su extraño perfil se consumó a la luz de la luna; sobre sus cejas, unas sombras se sacudieron amenazantes. Extendió su brazo y cobró su cuenta. Desanudó hábil el papiro y gesticuló irónico y agradecido al comprobar el escrito. Enseguida valoró el peso y el volumen del oscuro saco bajo el sonido de las monedas, lo escondió al igual que el papiro entre sus ropas y se volvió hacia el vertiginoso barranco donde ululó al aire nuevamente. Los tres arqueros, ocultos, entendieron que el trabajo había sido cobrado.
El encapuchado dio una última orden:
─Recoged los cuerpos y llevadlos a la Torre de Melolonta ─decretó─. Allí, sin el estorbo de ojos molestos serán sepultados en secreto. El Eskarkam quemadlo y destruid todo vestigio. Nada debe prevalecer de esta noche.
Aquel ácido gruñido final, dictado desde la entraña del ancho caperuzón, se dejó sentir en la concavidad de la cueva como un desgarro de las rocas. Antes de precipitarse a la oscuridad, se giró hacia las sombras maldiciendo la noche. Finalmente, su figura fue devorada por la tremenda boca de las tinieblas.

* * * * * * * * * *

La aciaga noche del joven príncipe y de su amada llegó a conmocionar a los hombres, y la desgracia se esparció rauda en las pláticas de ciudades y aldeas. Y durante los inmediatos años que acaecieron después del incidente, no hubo casa, tienda o posada que no relatase el amargo final de Evhan y la bella Lanyamell. Y fue un diálogo, siempre triste, de suspiros y añoranza.
De ese modo, escaló montañas, atravesó los amplios páramos y se impregnó en las casas, y no como una historia más contada por el hombre, de verdugos y princesas, sino que había crecido su leyenda, envuelta en un aura brillante y mágica Y se narró y cantó entre mayores y pequeños a la vera del calor del hogar. Y así perduró a los días y traspasó las fronteras por siempre.

¿Imposición? ¿Envidia? ¿Venganza? Toda pregunta quedó turbia y sin respuesta en el Latifundio Antiguo. Pero si alguien se valió de la ley impuesta prohibiendo las mezcolanzas en los reinos queriendo acallar ese romance imposible, se equivocó. Con el paso de los años el corazón de los hombres se enraizó y se hizo uno, y no hubo nadie que no maldijese a las sombras asesinas.
E igualmente escrito en la historia quedó, a los pies del gran túmulo de piedra bruñida, hecho levantar por su padre, Agrión el Esplendente, rey de Almaranthya, en la Isla de Gavión en memoria a su hijo y a la joven célica. Un catafalco que sería siempre centinela de la gruta de Típula, la gruta sagrada desde entonces. En su base de mármol blanco, el recuerdo tallado de aquella noche vela en silencio:
“Entre los apéndices de Las Mil Bocas del Mundo y el gran e Infinito Cielo descansen: el príncipe Evhan Shar, hijo de Agrión el Esplendente, heredero noble, y Lanyamell Dê Ere´nea, la bella flor prohibida, del Templo de Arpiúm. Eximan sus almas en paz. Al Cielo Abierto entre los dioses.”
¿Castigo? ¿Crimen? El paso del tiempo como juez, tendría la última palabra: entrar en La Leyenda de Almaranthya.

Mián Ros (quedan todos los derechos reservados sin permiso del autor)

jueves, 20 de mayo de 2010

APENAS NADA


------APENAS NADA----------
por Mián Ros

Ahora que Bienvenido no está aquí, le comprendo. Él me decía que siempre estaría aquí, y no sólo le comprendo, sino también le siento. No eran sólo palabras, y lo sé.

“Siempre estuve aquídecía─, siempre que esta condición que se alza con el nombre de idiotez no quiera abandonarme. Soltar el lastre y marchar, dejarme ir, ir más allá en el camino de aprender. Aprender de otros, aquellos que he considerado análogos a mí: argumentos preocupados y veletas de carne temporal como en el que yo mismo me escondo.

“Siempre estuve aquí, bajo este incómodo andar y aún más inseguro parecer, y aunque quisiera no puedo renunciar a él, a este molde que me fue regalado, no sin antes volcar todo mi esfuerzo en aprender. Aprender de todo y todos, tanto o más que ellos, o la par, salpicado por la coherencia que me reflejan al pasar, pero con la ansiedad prendida de la eficacia, antes que esta cincelada intención que soy, o que alguna vez creyera que fui, sea irrecuperable y se vuelva un tanto o incluso más que torpe, inútil.”

“Siempre estuve aquí. Y cuando articulo y brota de mi ser este aquí, se tañe embravecido y aniquila la prudencia; aún firme, aún fiel, pero sólo y mientras la fuerza de mi aquí no sucumba hacia otro lado. En tal caso estaría lejos, tal vez allá, o allí.”

“Y quién puede alcanzar un allí, sin estar aquí primero.”

“Siempre estuve aquínunca se cansó de decirlo─. A ratos loco, a ratos cuerdo, pero siempre inflando y desinflando esta muestra de piel que a veces me incomoda, y que unida a la vergüenza y con razón, se manifiesta en mí, y hasta se vence en duelo de ambición sin querer, o con gasas cegadoras de “un queriendo”, pocas y aun más pocas son las veces que me traiciona. Aquí. Siempre estuve aquí, y nunca dejé que las horas me negaran lo que yo, y al igual que yo, también tú, solos y ante la espiral de la existencia aprendimos, apenas nada. Y apenas seguirá siendo el huero conocimiento alcanzado mientras la sutil alma que mantiene vivo el cuerpo no comprenda la magnitud del ambiente y su riqueza.

“A ratos me sentí hollejo, a ratos me sentí hollín, mas hubo ratos peores y me sentí, apenas nada. Y sin embargo fui feliz.

Ahora que Bienvenido no está aquí, le comprendo. No eran sólo palabras, y lo sé. Ahora soy yo el que está aquí, en el aquí que dejó él para irse al lugar que tanto anhelaba. Ahora al fin está allí. Y es él y la fuerza de su aquí, que desde allí, me espera. Ahora soy yo quien se siente hollejo, quien se siente hollín, quien se siente, apenas nada.

Ojalá Bienvenido albergue allí su aquí cuando yo parta, y me vea llegar. Aunque a lo mejor eso ya no importe, ni tampoco cuanto llegamos a aprender aquí, apenas nada.

Y reiremos, y saltaremos entre pétalos de nada.

Nada trajimos, y lo mismo que se llevó él me llevé yo, apenas nada. Pero fuimos felices.

Mián Ros (Quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)
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lunes, 12 de abril de 2010

Fhârihur - Relatos del Latifundio Antiguo


Relatos del Latifundio Antiguo
Fhârihur

Archipiélago Austro, isla de Okrem.

Fhârihur levantó su gesto amargo encajado entre venas y contempló, no sin recelo, la inmensidad del horizonte. A lo lejos, el ordinario territorio vedado a su raza, La Planicie Hostil, que se extendía bajo el furor de un sol demoledor magnificando la claridad, aquella claridad tan temida y que le hacía tanto daño; siempre había sido así.

Cerró un momento su único ojo, no por miedo, pues había tomado conciencia de abandonar definitivamente el sufrimiento que había llevado: aplacar el desgobierno sosteniendo su ira para aunar sus fuerzas y poder remolcar el cadáver hasta allí; era capaz de recorrer su bella silueta sin apartar la mirada aun sabiendo que sería la ultima vez que lo haría, y tuvo la entereza de posicionar el cuello inerte de manera que la oscura piel reposara sobre el tocón, inexplicablemente en contraste a la rudeza que acostumbraban a regentar los de su casta. No cabía, sin embargo, otra esperanza. Estaba convencido de que debía ser así. Al mismo tiempo sabía de la premura de actuar rápido, Las Sergas del Resplandor estaban cerca y se llevarían el alma de la mujer hacia El Rescoldo de la Desesperación. Fhârihur no deseaba eso. Había crecido bajo las leyes de Los Piélagos, siempre rodeado de preceptos; él mismo sería atendido tras su muerte con la misma fe; un ritual rígido y a la vez ceremonial como travesía final hacia los Eternos, así debía ser.

Y así sería.

No le hizo falta, por tanto, volver a mirar el hacha milenaria que pendía entre sus manos con la marca de su progenie en el acero. Condensó su fuerza en la empuñadura, levantó el arma al compás de mil anhelos ancestrales con la precisión del mentor más diestro forjada en el guerrero. Pero se detuvo un segundo, donde el sutil brillo del alma tendida a sus pies le acercó el fugaz recuerdo de sus antepasados más cercanos. Luego gritó; allá en la distancia se escuchó su voz, en la inmensa oquedad del vado, y por uno instante tembló la corteza bajo sus pies al tiempo de acometer su letal acción. El filo de la hoja descendió y resonó en la madera como una lengua extraña pronunciada por el viento, cortando limpiamente la cabeza, que separada del cuerpo sin vida, rodó para detenerse a los pies del verdugo.

─Madre ─musitó Fhârihur, el cíclope─. Te he salvado de la inseguridad de la luz. Un alma partida no puede ser transportada. ¡Marchad lejos, Sergas malditas, marchad!

Y dicho esto, Fhârihur enmudeció. Acto seguido enfundó el hacha y se arrodilló para envolver en el lienzo el miembro seccionado. La satisfacción de haber hecho lo correcto le asistió una vez más. No había lágrimas en sus ojos, ni ira, ni el frugal destello de arrepentimiento. Por el contrario, la armonía casi inquebrantable, ruda e inflexible de su estirpe se corrigió y volvió su hermética mirada: la mirada del coloso, como era reconocida y temida por los débiles hombres. Había hecho lo que rezaba su corazón y aun antes de llevarla hasta allí, el de ella, fiel descendiente de las eruditas reinas del Castro Majano. Era el mandato más duro al que Fhârihur se había enfrentado desde que aceptó su condición dentro de toda existencia del Feudo Oculto. Ahora los demás le verían poderoso, capaz de aumentar la especie como semental digno y protegido de su sangre, ahora que se abría la cincha del regazo familiar al que había estado aferrado hasta ese momento. Ahora que ascendía al más alto pedestal de su clase.

Fhârihur atendió para sí el paño ensangrentado ciñéndolo a su pecho, dio media vuelta, y lanzó su andar hacia la profundidad de la caverna. Sólo allí se sentía protegido. Sólo allí proliferaría su estirpe, sólo allí.

Mián Ros (quedan reservados todos los derechos sin permiso explícito del autor)
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martes, 16 de febrero de 2010

ÁNGELES DE CARTÓN
Capítulo 2. El primer Ángel.

“El día veinticuatro del primer mes hallábame a las orillas del gran río Tigris. Alcé los ojos y miré, viendo a un varón vestido de lino y con un cinturón de oro puro. Su cuerpo era como de crisólito; su rostro resplandecía como el relámpago; sus ojos eran como brasas de fuego; sus brazos y sus pies parecían de bronce bruñido, y el sonido de su voz era como rumor de muchedumbre. Yo solo, Daniel, vi la visión; los que conmigo estaban no vieron nada, pero se sobrecogieron de temor y huyeron a esconderse”.
(Daniel 10: 4-7)

Algodonada mi alma, dejo de leer; cierro la pequeña Biblia y la guardo. Me dejo llevar entre una mezcla de placer y desconcierto, y de forma casi involuntaria alzo la cabeza y contemplo, como lo hizo Daniel, el visionario profeta en otro tiempo, ¿y qué me encuentro? El resultado de siempre, el mismo cuando interrogo la cocción que burbujea en esta gran marmita remachada de alquitrán que hemos creado, nada parecido a aquella antigua visión, y me asusta, esto es real, y hablando en plata como dicen en la lengua urbana que estoy aprendiendo: es un jodido “Deja vu” que además, secuencio como el tic-tac inagotable de un reloj. Quizá sea sólo yo, el que veo esa peligrosa aceleración entre las calles, ese aire infectado alrededor de las personas que caminan como duendes hacia uno y otro lado, puestos en marcha por este rugido que despierta en la ciudad, imposible ya de parar.
...

Unos gritos frenan mis pensamientos y se llevan mi curiosidad. Al cabo, la voz de mi compañero Casca me trae de nuevo junto a mí dándome un respiro.

─Toma, te sentará bien ─aconseja.

Sin embargo, el irrespetuoso energúmeno sigue bramando al autobús que se aleja en el fondo de la calle. No se cansa de vomitar insultos al pobre conductor aunque éste ya no está físicamente frente a él. Alguno que se arremolina a su lado cogerá algún palabro de los que contempla el sujeto en su léxico deprimente y callejero, lo almacenará en su cerebro, y lo expondrá cuando le venga en gana en algún suceso similar. Así somos los humanos de retorcidos. Y parece increíble el grado de normalidad que cobran este tipo de irrupciones en plena calle. Pero más increíble el hecho de que nadie intervenga y afronte un mínimo de deber moral; estas situaciones se suceden de una manera tan cotidiana, como el simple hecho de untar mermelada en una tostada y ahogarla en el tazón del café sin más. ¿Adónde vamos a llegar? Aunque eso no es lo peor, pues he vivido en la calle cosas terribles, y el impedimento de otras personas porque no ocurra, es mínimo.

En fin...

Me olvido por un momento del incidente y de manera instintiva le echo un trago a la taza que Casca me acaba de entregar, no tengo por más que sorprenderme.

─¿Consomé? ─le digo contrariado, esperando tal vez el resultado de otros días; y como si la nueva variante me hubiera picado en los mismos labios me separo el tazón con la sensación de que una avispa revoloteara sobre el caliente brebaje que se ondula entre mis manos.

─¿Qué esperabas? ─reniega Casca intentando parecer gracioso. Sus pupilas han desaparecido bajo sus párpados que se muestran achinados, bastante habitual en él, por cierto, y las arrugas de su rostro se han extendido tan rápido por su enorme cabezota amoratada como la mala hierba en un huerto mal cuidado.

─Me extraña en ti ─expongo, sorbiendo el condenado caldo que quema como la madre que nació en los infiernos─. Esperaba algo con unos cuantos grados más... de otra cosa, para aliviar de una forma directa esta tiritera que apenas me deja empuñar a mi querido BIC.

Aunque no se lo digo, he de reconocer que Casca me ha descolocado esta vez, porque inconscientemente mis labios vuelven a la taza y al calor de ese caldo prestándole la mayor de mis atenciones. A veces, cuando vuelco mi mirada hacia Casca, me da la impresión de estar conviviendo adosado a un trastero ambulante, el cual, cada vez que se abre no sabe uno con lo que se va a encontrar.

Casca es un buen hombre después de todo. Un compañero que lucha en la calle para volver a hacerse un hueco en esta sociedad frívola. Todo lo contrario a mí, que lucho contra mi propia voluntad para que ésta no me encuentre, no al menos sin mi objetivo alcanzado de ver de nuevo a Ángela junto a mí. Pero es duro, muy duro e impensable aguantar los días cuando el sufrimiento es continuo, soportando las crudas condiciones de la intemperie que debilitan a uno hasta la extenuación. Nunca llegué a pensar que fuera así, esto me lleva a recapacitar en ocasiones si volver a la sensatez de la que una vez me aparté, y a la que puedo acceder en el momento que quiera. Cosa que no puede decir lo mismo Casca. Él se encuentra en la calle por explícitas circunstancias que él mismo se ha buscado, debido a la penosa y egoísta administración de los momentos de placer que cada uno posee en este mundo; en ese aspecto, Casca no ha cogido sólo la mano que nos brinda el Dios del Cielo, sino que se ha cobrado todo el brazo, y aun diría que los dos, y, tristemente, y como consecuencia de su contaminado egoísmo ha llegado a desesperar y fragmentar a su familia y a todo su entorno. Sus infidelidades son culebrones que dan a luz cada vez que el alcohol devora su sangre y anula su cordura mientras su desahogo se alarga junto a mi hombro.

Pero hay algo en él que me atrae, aunque no sabría decir el qué, y una parte de mí le admira; quizá ni siquiera sea admiración. No quiero decir con esto que apoye sus malas gestiones de faldas y el sufrimiento que ha sembrado tras de sí, que creo que no tiene justificación ni disculpa alguna, sino porque es valiente y ha sabido sobreponerse y, de alguna manera, amoldarse a los mordiscos que le ha pegado esta vida y porque, como dice él, aun con la boca pequeña, “rectificar es de sabios”, aunque él no tenga mucho de eso, seamos justos. No obstante, yo sé que lo intenta, pero sus ojos le delatan cuando se clavan como dardos al paso de cualquier aura femenina y hace danzar su lengua al son de su más ferviente apetito sexual. Sé entonces que no está curado y creo que nunca lo estará. Si bien, deseo en verdad que encauce su vida y vuelva a encontrar el camino que una vez abandonó.

De todas las maneras he de ser justo con Casca, dejando de lado todo cuanto me ha contado sobre él y su entorno más allegado, e incluso fuera de la forma tan peculiar que tiene de interpretar este mundo y danzar sobre él, ya que me regala su tiempo y me trasmite una palpable sinceridad sin muros invisibles que revelan otras personas y eso le hace grande, muy grande. Si consiguiera corregir su fallo no tendría entonces nombre para describir su corazón.

A veces me viene una sonrisa simpática, y pienso en Don Quijote y Sancho Panza, que es la imagen que debemos representar Casca y yo a los ojos de los demás cuando caminamos juntos arrastrando nuestras perezas sobre las aceras de la Gran Vía de esta inmensa urbe que es Madrid. De hecho, sus rasgos se muestran bien diferenciados de los míos como ocurría con el legendario caballero y su escudero. Y qué decir tiene, que no hace falta que señale, quién es uno, y quién el otro.

El achaparrado pero ancho andamiaje de Casca y sus rasgos son duros y desvergonzados, y su piel está encallecida en todos sus pliegues como su alma, lástima que su fuerza de voluntad no vierta sobre sus redondeadas carnes la misma apariencia. Mis rasgos, enjutos y de mayor envergadura que los suyos, son tremendamente evidenciados si no me separo de su compañía. No marcho a horcajadas sobre Rocinante pero sin duda mi aspecto es también de haber comido poco y descansado todavía menos. Pero mi cabeza rige acorde con el empresario que creo que muchos ven en mí, aunque ahora sólo contemplen, más bien, un dirigente acabado, desaliñado y con puntales en sus muros, eso sí.

Por un instante me doy cuenta de que mi cuerpo empieza a entrar en razón antes que mi cerebro cuando el calor del caldo calienta y curiosea todo mi interior. Es un momento inigualable. Creo que está dando resultado, pues el calor de esta sopa es como una pequeña panacea contra el frío. Poco a poco me reconforta y mengua en buena parte la destemplanza con la que he despertado, y retira de mi cuerpo parte de la humedad que nos ha presentado esta mañana el duro día invernal, arropándonos, desde que se fueron las sombras, con su sábana de color ceniza oscureciendo estos serios apéndices que llamamos edificios. Es una lástima, porque el cielo está cerrado como boca de lobo y creo que este calabobos persistirá sobre nuestras cabezas durante muchas horas más.

Vuelvo al atrayente tazón y al caprichoso humo que danza hacia lo alto mientras me reconforta observar sus livianas formas que se escapan del consomé más que examinar a las personas que caminan. Lanzo un suspiro cuando veo que dos alas de humo, finas y alargadas, se han formado por el calor que desprende el caldo. Las sigo mientras se alejan de forma ascendente.

─Ángela ─digo a media voz, al tiempo que las pequeñas alitas se desvanecen en lo alto lejos de mi vista.

─¿Qué has dicho? ─pregunta Casca, sorprendido.

─He visto sus alas. Temí haber perdido su senda, pero este Ángel me dice que estoy en el camino correcto. ¿Sabes?, vuelve a arder la fe dentro de mí.

─¡Y dale con las alas! ─Casca se agita meneando sus brazos; parece que le han molestado mis palabras─. Eso de las alas son suposiciones tuyas ─manifiesta, enfuruñado─. Sabes de sobra que los ángeles no existen. Si encontramos a tu pequeña Ángela no será por esas alas o por esos ángeles que crees ver en todas partes, sino porque alguien habrá reconocido la foto y nos habrá puesto en la pista correcta para dar con tu hija, nada más.

─Yo tengo fe en lo que veo, Casca. Si no la tuviera no vería su senda, y sé que son señales que me envía Dios para reforzar mi corazón. Sin ellas no podré encontrarla.

─Vale, yo tengo menos fe, por eso no veo alas, ni angelitos, ni nada que se le parezca, pero sería importante que dedicaras unos minutos de tu tiempo en darle las gracias a Flor de Anís cuando termines el consomé. Si esas alas han salido de ese consomé que ella me ha dado para ti, la senda te lleva hasta su taberna, ¿no es así?

En cierto modo no tengo por más que asentir.
─Pues anda... ¿a qué esperas? ─me incita─. Ah, además, te puedo asegurar que Flor de Anís piensa mucho en ti. ¿Por qué si no iba a estar tan pendiente de lo que te ocurra? ─la voz de Casca ha finalizado con una modulación puntillosa que conozco de sobra. Ahora lanza una cuantas expresiones más que apenas llego a entender, pues me he quedado enganchado en: “piensa mucho en ti” y en el trasfondo que esta frase esconde. Con razón le llaman los que le conocen, Casca. Casca demasiado y tiene la lengua suelta como una serpiente que saliera de caza constantemente. En el tiempo que llevo con él lo he sufrido en mis oídos como un irritante picor, doy fe.

─No creo que este consomé te lo haya dado pensando en mí ─me defiendo, en el momento que dejo de pensar. Espero sólo un instante a que urjan mis palabras. En efecto, aquí vuelve Casca, quien se arrima a mí y hace trabajar a su lengua desbocada.

Antes de hablar me da un golpe con el codo en los riñones, el caldo vuela balanceándose hacia ambos lados. Siento algunas gotas calientes que calan mis pantalones hasta llegar a las rodillas; me ha empapado. Enseguida emerge su voz:

─¡Que sí, Champalán! ─me dice volviendo a formar en su rostro miles de arrugas mientras se divierte hablándome─: Que veo cómo te mira cada vez que entras en su taberna.

─¿Cómo va ser eso? ─insisto─. Tú eres el que ve cosas muy raras.

─Que le pones, te lo digo yo. Ese aire de ejecutivo reservado le vuelve loca. Ese nudo desabrochado de tu corbata pidiendo guerra ─sonríe─. Con ella tendrías cama y una estabilidad segura.

Yo, sin embargo, me intereso por el resto del caldo antes de que Casca me lo vierta del todo. Ya me ha vuelto a dar. Menos mal que ya había dado cuenta del reconfortante consomé. El último sorbo estaba un poco frío, todo sea dicho.

─¿Piensas que la atraigo? Pero mira mis pintas... si apenas puedo asearme a gusto. ¿Tú crees que ella se fijaría en un deshecho que anda pegado al suelo como el filtro de un cigarro que acaban de arrojar a la acera? ─le pregunto, enjugándome los labios.

─A esa le gustas aunque fueras filtro, y mira que no le gusta fumar, y aunque no te hubieras peinado en cien años. Te lo puedo asegurar, que tengo yo un ojo clínico para las mujeres.

─Seguro que lo hace por caridad ─arriesgo sin pausa, desviando el tema de mi lado e involucrándole involuntariamente a él─. Le damos pena.

─¿Que le damos pena?

Parece que le he incomodado en exceso.

─¿Por qué si no? ─¡Mierda! Me he vuelto a meter en el berenjenal. No comprendo el gesto de Casca que me mira ahora como si me hubiera convertido en un fantasma.

─Hubiera montado un albergue entonces, hombre, en vez de una tabernucha ─me recrimina, atornillándose la cabeza con un dedo.

Yo pienso que el loco es él, seamos justos. Casca apenas me conoce. Me considero muy reservado y metódico en ese aspecto, ya que me cuesta bastante abrir mi intimidad a las personas que no están ligadas a mi entorno familiar; aunque, bien es verdad que llevo poco tiempo malviviendo con él en estos callejones y plazas, le he contado parte... en lo referente a lo más primordial de mi vida. Sabe por qué estoy en la calle, y por qué lucho día tras día en ella; de hecho, me ayuda en la búsqueda de Ángela, preguntando y enseñando allá donde vamos la pequeña foto que conservo de mi pequeña.

Casca se restriega una barba de doce días mientras vuelve a hablar:

─Ahora entiendo por qué no tienes éxito con las mujeres. No me extraña que te veas en la calle. Creo que tu fe no te fortalece en este aspecto ─añade, tan sobrado en sus palabras como en sus gestos, como si hubiera estado esperando este momento hace tiempo. Parece resentido conmigo por las cosas que yo veo y él no, o tal vez incitado por el mal recuerdo de los mordiscos que le dio la cuchilla que le brindé hace dos semanas; desde entonces no se ha vuelto a afeitar.

─¡Vaya! ─salto herido en mi orgullo. No sé si atacarle o contenerme. La verdad, no soy de esos que dan golpes bajos como primera medida de defensa. Si le recuerdo por qué se ve obligado a vagabundear se echará a beber y se acabó amigo para todo el día.

Dejo el tazón delante de mis piernas, en el suelo. El tiempo suficiente para aplacar el escozor de sus palabras, equilibrar mis pensamientos y brindarle una sonrisa espontánea, la cual, me da confianza y hablo:

─Hay mujeres que se hacen madres desde muy temprana edad ─le digo.

─¿Crees que Flor de Anís es una de esas madrazas? ¡Venga ya! ─me interrumpe de inmediato. Sé que es imposible que le explique nada, no tiene paciencia. Conozco las cuatro arrugas que se forman encima de su nariz tras ese énfasis que adopta y que de seguido lo enlazará con Dios sabe qué... Intuyo que ha llegado el momento de levantarse y poner tierra de por medio.

─¡Déjalo! ─le digo. Me levanto recogiendo el tazón y decido llevarlo a La Guarida de Alicia, que es así como se llama la pequeña taberna de donde Casca me ha traído generosamente el reconfortante consomé. Ni que decir tiene, quién es Alicia. Y como bien me ha recordado Casca: si las alas son la senda para encontrar a mi hija, debo llevarle el tazón a la taberna.

Camino, y sólo entonces me doy cuenta del frío que han soportado mis glúteos ─a pesar del cartón─ tanto tiempo posados en la acera. He recogido suficiente cargamento de humedad para todo el día, mientras dejo atrás la balconada cubierta; la fina lluvia empieza a oscurecer mis ropas. El agua está fría, y las calorías que me han generado el caldo se disiparán de inmediato, estoy seguro. En ese momento, una voz vibrante y llena de retintín me golpea por la espalda:

─Fíjate en el brillito de sus ojos cuando te mire ─manifiesta Casca golpeándose con su venoso dedo índice la sien─. En ellos verás lo coladita que está por ti.

─Sí, vale ─le señalo. Yo también tengo dedos y el mío es amenazante─, pero échale un vistazo a mi maletín a ver si no tenemos de qué arrepentirnos.

De pronto, me golpeo con un transeúnte al no mirar donde tengo que mirar, al frente.

─Disculpe ─le suelto, en un acto reflejo. El muro de uno noventa con el que he chocado me lanza una mirada arrogante y parece que me perdona la vida.

En ese preciso momento escucho de nuevo la voz de Casca que parece que no se ha dado cuenta de mi torpeza.

─Lo que tú ordenes, senescal. El maletín estará ferozmente vigilado ─grita. Me ha hecho un gesto militar que tendría que mejorar. Qué cara más simpática tiene el condenado; no puedo evitarlo, sonrío al tiempo que mi reojo choca por segunda vez con los ojos suicidas del hombre, que aún se sacude como si le hubiera manchado; no es cierto, el cuenco está más seco que la mojama. No entiendo de verdad los aspavientos y muecas de este individuo; qué más quiere que haga, ya me he disculpado.

No he sido capaz de dejar atrás dos grandes escaparates de la acera por donde camino, cuando todo lo que ocurre a continuación se sucede en cadena y casi a un mismo tiempo.

─¡Al ladrón! ¡Al ladrón! ─Escucho una voz de mujer en algún lugar indeterminado, pero indudablemente es bastante confuso, aunque sospecho que surge un tanto retirado de mí, y a mi espalda. El bufido del autobús frenando al llegar a la parada un poco por delante de donde me encuentro ha ahogado las sucesivas llamadas de auxilio, pero creo que no he sido el único en oírlas. Cuando me giro a ver qué ocurre, descubro que hay personas que miran con ojos desencajados precisamente donde yo me encuentro. En ese instante siento un golpe brusco detrás de mí, justo en mi espalda, me remueve. Aún no sé qué ocurre, sin embargo me percato que el cuenco del consomé se desprende de mis manos y yo también pierdo parte de mi estabilidad. En ese instante, mis ojos van y vienen en fracciones de segundo, y miran a una persona que corre y se aleja, y al cuenco en el momento que impacta contra el suelo saltando la cerámica en mil pedazos. “¡La madre que lo...!”. Vuelvo mi ojeriza al hombre que corre para terminar de pronunciar mi maldición, aunque el volumen de ira no sale de mi mente.

Sólo ahora distingo el cuerpo que me ha golpeado. Intenta alejarse entre la muchedumbre braceando y apartando a todo el mundo de su camino. Es un joven que no alcanzará los quince años y en una de sus manos lleva algo así como un bolso de mujer. Al distinguir el pequeño complemento de piel marrón que atesora con arrojo entro en la cuenta de que se trata del ladrón que reclamaba gritando la voz de mujer. Se cruza entre las personas, nadie hace nada por detenerle. Su extravagante chupa de plumas, a cuadros azules y naranjas se pierde en el fondo de la calle.

¿A quién se le ocurre asaltar a nadie con esas pintas tan distinguidas? Parece que gritase “Aquí estoy, aquí estoy. Venid a por mí si podéis”

No sé qué ha pasado por mi cabeza, pero cuando me doy cuenta estoy corriendo tras él. ¿A qué estoy jugando? Nunca me he considerado un héroe... ¿por qué diablos me comporto así entonces? Los héroes no existen sino en las películas y en los libros.

La gente me mira, tan horrorizada como al muchacho que trata de poner metros de por medio. Están tan confusos como yo. Por alguna razón no puedo parar de correr.

La adrenalina recorre todo mi cuerpo y siento cómo la sirena de la policía parece que se revela en algún punto del fondo de la calle. No creo que vengan en ayuda de la mujer que sigue gritando en algún lugar, ni en refuerzo mío para dar caza a este imberbe maleante; es mera coincidencia, pero ha avivado las zancadas del ladrón que acelera el paso, el muy capullo. Su ímpetu, o quizá su miedo a verse apresado, se ha cobrado una presa; se ha llevado por delante a una pobre mujer que cae entre la acera y el asfalto y se golpea contra un coche que está parado junto al bordillo. No puedo pararme a auxiliarla; murmura y aúlla de dolor cuando paso a su lado. Me es imposible frenar, voy a perder al muchacho que gira en la siguiente bocacalle. Él aparta a otros dos transeúntes que quedan desestabilizados delante de mi carrera. Mis manos retiran a uno de ellos y logro esquivar el trance del segundo, aunque estoy a punto de resbalar, el suelo está muy mojado.

La pequeña travesía por donde se ha lanzado ahora el joven ladrón está enmarañada de gente que cubre las aceras taponando la vista con los paraguas. Es estrecha y sólo le intuyo cuando alguna persona hace un movimiento brusco apartándose, supongo que avasalladas por el muchacho.

Con una intuitiva acelerada, ha cruzado la calle para cambiarse de acera; un coche está apunto de arrastrar al muchacho pero ha conseguido esquivarle en el momento preciso, el pitido del vehículo me ha acelerado a mí, aún más. Rápidamente copio su acción y le sigo atravesando el asfalto sin mirar. He tenido mejor suerte, ningún coche que se mueva en mi camino.

Hay personas que se apartan y se quedan impresionadas mientras nos ven pasar. Mi aliento no creo que dé para muchos metros más, estoy teniendo problemas para respirar y no he acortado la distancia que nos separa, cuando veo que el ladrón gira en un callejón que tiene inclinación ascendente. ¡Joder!

Intuyo que el muchacho ahora sí me ha visto y acelera sacando fuerzas de no sé dónde. Intento girar para no perderle el rastro y resbalo en la curva que tiene la acera carcomida y llena de charcos antes de empezar la cuesta. A continuación topo con una mujer que sale de un portal e intenta esquivarme sin conseguirlo. Es un momento inenarrable. Percibo miles de colores y una sensación que golpea todo mi ser. Sin embargo, sé que hemos caído los dos. Y, una vez en el suelo, hemos rodado unos segundos fruto de la velocidad que yo llevaba. Cuando quiero reaccionar, escucho lánguidos lamentos a mi lado acorchados bajo mi fuerte respiración. Sólo entonces soy consciente del daño que le he podido causar a la pobre mujer con la que he topado. Y, en ese preciso instante, una pregunta me invade, ¿por qué he salido corriendo tras ese muchacho? ¿Por qué? Quizá tenga luego de qué arrepentirme.

Me ayudo de mi antebrazo derecho para incorporarme y el corazón me golpea de súbito al ver sangre cubriendo una de las mejillas de la mujer. Ella se mueve torpemente y descubro sus ojos que vagan sin mirar a ningún lado en concreto; son registros de estar mareada.

Estoy nervioso y confundido. No sé ahora cómo reaccionar, pero trato de trasmitir una tranquilidad, que incluso a mí me falta, a la mujer que parece buscar una explicación a lo que ha ocurrido, aunque sólo resuella con dolor en su semblante.

Tras unos momentos de tensión y desconcierto la ayudo a incorporarse mientras rebusco en mi mente palabras de ánimo. Inesperadamente algo me alarma. Alguien empieza a lanzar vocablos malsonantes cerca de la esquina de la calle no muy lejos de donde nos encontramos la mujer y yo, buscando aún el equilibrio perdido.

No sé cómo, pero he podido levantar mi cuerpo, y con esfuerzo, también el suyo. Cuando me giro sin soltar a la mujer de entre mis brazos siento que dos hombres, manchados y enfundados en monos de trabajo de color cobalto, vienen corriendo hacia mí gesticulando con sus brazos alarmantemente. El más pequeño me hinca su ardiente mirada al tiempo que se muerde la lengua. No me gusta lo que veo. Mi magullado cuerpo se niega a reaccionar. Viene hacia nosotros sin freno, como un toro en los encierros.

A su llegada, el hombre más bajo me increpa sin darme tiempo a hablar, y me empuja separándome de la mujer que aún se sujeta la cabeza con una de sus manos; la sangre de la herida que tiene en el pómulo no para de correr. Entre sus dedos veo claramente el golpe que se ha dado en el rostro, la carne está desollada y parece que se va a inflamar de un momento a otro. Uno de los obreros la sujeta por los hombros para que no caiga al suelo y los otros dos me rodean con malas intenciones.

Levanto mis manos y trato de explicar lo que ha ocurrido. Pero no parecen muy interesados en escucharme y dialogar. Sus insultos aceleran mi estado. Piensan que he querido robarla o qué sé yo. Me empujan y me agarran por el pecho, no ofrezco resistencia, pues no he hecho nada, pero sólo mi conciencia lo sabe. Me siento impotente, ¿cómo es que no han visto segundos antes, al muchacho con el abrigo a cuadros y con un bolso de mujer bajo su brazo?; por un instante dudo si corrió por este callejón. Súbitamente, presiento que estoy en problemas.
Enseguida expreso mis disculpas y trato de serenarlos pero el pequeño vocea y apenas oye lo que le digo, es más, creo le gusta el tono que él mismo está alcanzando, pues no se atiene a nada. Inesperadamente, me golpea con su cabeza. Me ha dado en la barbilla con su dura frente, el muy... Percibo el peligro e intento distanciarme, cuando de pronto, veo llegar delante de mis ojos una mano tiznada de blanco, yeso o algo similar. Esto tampoco me lo esperaba. Mis piernas fallan al mismo tiempo que un relámpago se aviva en mi cabeza. No me cabe duda, me ha alcanzado de lleno. Al momento, la ausencia de color me cubre por completo. Creo sentir en un segundo plano el frío del suelo y la lluvia sacudiéndome en la cara, cuando todo se va diluyendo poco a poco...
MiánRos (quedan todos los derechos reservados sin permiso de su autor)

jueves, 4 de febrero de 2010

Muéstranos el escritor que hay en ti (junio 2009)


Trabajos para el concurso "Muéstranos el escritor que hay en ti (junio 2009)".

Utopía de escritor
No sé si hacerlo.

Es un relato corto, terminaré pronto...

¿Por qué siempre trato de ponerme a prueba? Ha sido un día difícil. No quiero decir con esto que los demás sean fáciles.

Clavo la vista en la hoja en blanco. No obstante y aun sin girarme, la percibo. Ella llega por mi espalda, roza mis hombros, me besa.

─Cariño, me acuesto, ¿vienes? ─me susurra. Ha sonado bien.

Consumo un segundo, donde no contesto.

Sin embargo, espiro en silencio; mi vista se eleva y reincide en la estantería llena de libros: Cervantes, Verne, Follett... ¿Qué puedo aportar yo que no esté escrito? ¿Acaso tienen cabida mis textos para conmover a alguien?

Vuelvo a apreciar su ternura incitándome mi ser.

─Acuéstate, vida ─musito no obstante, sin atreverme a mirarla─. Voy a escribir.

La candidez de su presencia se va.

Mián Ros


El humilde Lylén.
La sabia Madre reunió a sus hijos. Les otorgó una taleguita antes de verlos partir.
Pasaron muchos años, y sólo Lylén volvió, cabizbajo y triste.

─¿Por qué lloras, hijo mío? ─preguntó Madre.

─Vengo de enterrar al último de mis hermanos, junto al primer frutal que sembré.

─¿Qué hallaste en tu taleguita?

─Diez semillas.

─¿Sólo?

Él asintió.

─No, hijo mío. Encontraste humildad, paciencia y conocimiento para ver la cosa más pequeña como si fuera grande, cada segundo como si fuera eterno.

»¿Sabes que llevaban tus hermanos?

Lylén no respondió.

─Mucho más que tú, y encontraron: valor, fortaleza, dinero... pero nunca comprendieron la Vida como la concebiste tú. Ahora ve, y sigue ViViendo.

Lylén no dijo nada, y se marchó.

Moraleja: No es más feliz el que más tiene, si no el que menos necesita. Disfruta del “presente”, pues “ya”, es pasado.
MiánRos



Título: ...

Y Marilyn... Murió.

─¿Ya está? ¡¿Pero ochocientos caracteres dan para algo más?! ¿Por qué me mira así? ¿A qué se debe ese silencio? ¿Acaso esos puntos suspensivos son la traducción y el conjunto de la totalidad de una vida? ¡Ah, vaya! Así que se trata de eso. Un relato minimizado a tres insignificantes puntitos. Usted es de los que piensa que las historias están rellenas de acontecimientos insustanciales, que la vida se reduce a nacer y morir, sin revoltijo ni tintes. Pues le voy a decir una cosa: si la Marilyn que usted menciona es la misma que yo estoy pensando, jamás murió, ni morirá. ¿Cómo? ¿Por qué endurece su gesto? ¿La suya tampoco? ¿De qué diablos estamos hablando entonces? ¿Que me he zampado el hueco de sus ochocientos caracteres? Sabe qué le digo: ...
MiánRos

Concurso Renfe Cercanías (6-V-2009)

Trabajos de MiánRos para el "Concurso de Renfe Cercanías (6-V-2009)".

Mi viaje, Es

El viaje es algo más, que las ganas de ir y de volver.
Es la risa, el llanto,
el brillo plateado de ese pez.

Las velas de aquel barco, el rumor de tu ser;
aquella nube perdida, que no supiste ver.
Mi viaje no es sueño, sin ese momento de sed,
sin ese hórreo sin cedro, sin el color de tu piel.

El viaje es algo más, que las ganas de ir y de volver.
Mi viaje no es sueño.
Mi viaje, Es.

MiánRos
* * * * *
Mi Tren
Recuerdo cuando cogí mi Tren. Sin prisas, sin peso, con mi trocito por crecer. Dejadamente viajé, traqueteando despacio callado ruidoso, sencillamente marché y esperé, marché y esperé, marché y esperé.
Me giro, te advierto, parada en el andén. Te miro, me miras, nos vemos, te subes a mi Tren, con tu maleta de risas y tu miedo de mujer. Yo entro en el tuyo ahora, fundiéndonos en un solo Tren.
Y nos dejamos llevar, mientras envejece nuestra piel. Pero no importa, he aprendido y tú también, que la felicidad viene de la mano, si compartimos el Tren.
MiánRos

miércoles, 27 de enero de 2010

HOY
Si algo he aprendido Hoy, es a mantenerme al margen. Al margen de Mañana, que preñará otro Hoy cuando se acerque. Margen disfrazado si la distancia que lo separada de uno se desliga del filo. Filo de la incipiente piel, mi piel. Piel que lleva el riesgo. Riesgo de tropiezo. Riesgo de llegar a no sentirse. Y cuando pronuncio “no sentirse”, mi voz se llena de palabra. ¿Quién no se ha llegado a no sentir alguna vez? No ver el Hoy que traerá el mañana. La mañana de millones de mañanas que se acercan sin dolor. Y sin embargo, hay dolor, y siempre imaginado.

Al contrario que la Luz que viaja, surge, se eleva, baja y después se va. Pero vuelve, siempre vuelve, y lo hace sin dolor.

En cambio yo, tomo impulso, casi necesario, avanzo y voy, a veces con dolor, a veces no, pero siempre voy aunque descanso. Descanso cuando no voy, pero voy, nunca vuelvo. El día que vuelva será para nunca más ir.

Y he aquí la encrucijada, y yo ahí, clavado en ella. En ocasiones distraído. En ocasiones dispuesto, más que aburrido, más aburrido que dispuesto, pero ahí, pétreo y fiel. Y firmaría que curioso, tanto o más que un vigilante, como lo son las Cosas que desde su posición se atreven a observarnos. Y juzgan, acaso el paso por ejecutar, que no el ejecutado, ya olvidado sin remedio.

Y yo, ufano, arrogante por cobarde necesidad Hoy, o cobarde por accidente acaso en otro Hoy. Abrigado y hasta remangado. Dispuesto a no estarlo. Indispuesto pretexto a estar dispuesto a hacer algo pequeño que se vea grande, o grande que se vea pequeño, quién sabe; me conformo con que el tamaño adquirido dé sombra, sombra a veces requerida.

Eso sí, ese algo debe llevar el vestido de Calma por dentro, y por fuera el de Intranquila Prisa. ¿Quién desea correr?

Ya perdí un zapato entonces, no pretendo arriesgar el otro; las prisas son para los jóvenes, como los jóvenes son para las prisas. La Calma no será Calma si es asaltada por la Prisa. Y no es Prisa, sino Calma, la que preciso. Ya caminé a ciegas sin camino, corriendo por vivir.

Si algo he aprendido ha sido Hoy. Camino sobre el camino. Camino sin camino. Cadencia repetida que acompañó mi crecer, el amanecer. Y así será también Hoy, cuajado por la luz de la mañana.

Y hoy cargo sobre mí, otro HOY. Y ahí va o voy, mi yo y HOY, uno sobre otro, y otro sobre uno, formando un dejo divertido. Pero mi dejo no es dejo cuando dejo a lo lejos el margen y veo El Bote. Ahí viene, o va. Tal vez si va lo coja, si viene no; no preciso venir sino ir.

El Bote. Es de larga proa. Descubro gestos perfilados de rimel descorrido; labios apretados en rictus doloridos, afónicas arrugas que se niegan a morir.El Bote. No siempre se arrima lo necesario, ni necesario es o será siempre que se arrima; pero esta vez lo hace, como otras veces. Y heme aquí visto desde allí; y siento que me ve. Enfila la orilla, mi orilla. El margen de todos los márgenes. Y va... no viene. Y hay dolor, y no lo hay...Sin embargo, si algo he aprendido Hoy, es a no subir al Bote, al Bote de Mañana.

Hoy no. Lo haré en otro HOY, pero Hoy no.

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MiánRos (Quedan reservados todos los derechos sin el consentimiento del autor)
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viernes, 22 de enero de 2010

ÁNGELES DE CARTÓN
Capítulo 1. Delirios (3/3)

Él, me conoce bien, me refiero a mi inexpresivo bolígrafo de tinta azul, pero para quien no me conozca distinguirá en mí a primera vista un cincuentón, de pelo negro, aunque cada vez menos, eso sí, descuidado y al filo de la dejadez; hubo mejores momentos donde estuve bien peinado y de mejor ver. De lejos, podría aparentar ser un ejecutivo de talante grave y bien formado, camisa blanca, chaqueta oscura a juego con los pantalones, de cuya base surgen un par de zapatos que carecen de lustre como todo el traje y la piel de mi cuerpo que se arruga con los días asomando bajo la tela gris. Pero aún es más triste la desmayada corbata que me acompaña allá donde voy. Para ser justo he de añadir que nunca he sabido hacerme el nudo. Y los zapatos que desgasto buscando la senda que una vez se borró bajo mis suelas, son de los que no llevan cordones. La verdad, no me gusta perder tiempo en pequeñas memeces de las que he podido descubrir que está el mundo lleno. Ya se encargaba Débora de minar mis pilares de estabilidad moral exclamándome en sus habituales momentos de cólera: “eres un desastre”, una frase machacona que siempre tenía en boca cuando me enfrentaba al reto del espejo y las volteretas circenses de manos y tela, intentando formar un buen nudo en la corbata; tal vez la llegue a dar la razón en algún momento, pero a día de hoy, no veo la importancia de semejante paño que apenas deja respirar; será por eso que acostumbro a llevar el nudo suelto, dejando caer la tela desfallecida sobre mi pecho como un lienzo decorativo que, quizás, me persuada un tanto, o poco más, para no mandarla a hacer puñetas. Sin embargo, me engañaría si pensara sólo eso del pequeño complemento que duerme sobre mí, ya que sé por qué aún lo conservo como parte de mi propiedad.

Fue Débora quien me la regaló el mismo día que Ángela cumplía su primer añito. No tendría suficiente espacio en estas páginas que me esperan en blanco para describir aquella comida que compartimos los tres... me remitiré a decir que fue... ─tomo para mí un suspiro y fluye en la intimidad de mi ser la sensación, que no la palabra─, inolvidable. Y seguramente, y sin todo lo que llegó a evocar en mi corazón esa diminuta prenda desde aquel día, ya la abría tirado al cesto de la basura o regalado a cualquier compañero de la calle más necesitado que yo, que los hay, y tristemente son muchos. Un regalo absurdo, por otra parte, aunque mirándolo desde el punto de vista de la necesidad, siempre podría venderla y sacar al menos para un bocadillo o canjearla por unos cuantos días de cafés con leche y bollos con los que defender los gritos del estómago.


Qué casualidad, de repente una moneda chinchinea en la acera y me aleja por un segundo de lo que escribo. Son veinte céntimos de euro, dorados como alguno de mis sueños, que desaparecen de inmediato bajo un guante de color verde pistacho, roto en sus extremos, por donde asoman unos dedos mal lavados, mejor dicho, sin lavar; son de mi compañero de cartones; todo el mundo le conoce como Casca, yo también, y me satisface que camine junto a mí en la senda que me tiende la vida.

Le veo que saluda respetuosamente a la persona que le entrega un poco de bondad. Me guiña el ojo mientras me nombra:

─Champalán ─murmura con su particular forma de pronunciar la “c” que muda a favor de una “s”. Champalán es el nombre con el que me bautizó él mismo cuando nos conocimos, no sé a santo de qué, pero la verdad, no me incomoda demasiado. Hasta estoy consiguiendo amoldarme como si hubiera respondido a ese apodo toda la vida, sólo espero no olvidar mi nombre verdadero, el que dejaré en la memoria de los que me conocen cuando me vaya.

Vuelvo a lo mío, pero antes veo a Casca que se levanta, se aleja de mi lado y se va. En fin, soy sumamente sensato para saber que no tengo el aspecto de un indigente, como puede tenerlo él, aunque ahora empiece a sentirme como uno de ellos, y viva, en cierta forma, como lo hacen ellos. Pero por desgracia es algo más que esta exigencia mía que insiste en relacionarse y filtrarse entre los vagabundos más necesitados de la ciudad. Quizá esté equivocado, pero siempre me he dejado guiar por mi intuición. Y esta vez, cómo no, ha sido una señal la que me puso sobre el paradero de mi niña. De alguna manera esa señal me decía que debía zambullirme entre la pobreza más indigente de estas calles de Madrid, sólo así sería capaz de dar con mi hija. Y aquí estoy, sin más armas que mi anhelo, y sin más consuelo que el de escribir, con la esperanza de encontrarla en algún momento...

Y es por ello que diariamente analizo cientos de transeúntes, qué digo cientos, miles; la condición de vivir en la calle me da ahora ese privilegio que otros apenas se han parado siquiera a pensar. Aunque he comprobado en mis carnes que es un privilegio demasiado caro para la agonizante miseria que he llegado a respirar, noche tras noche, en este asfalto plagado de escondrijos rociados de orín que se mezclan con las ambiguas sombras de la ciudad. Aun así no renuncio a pervivir entre los necesitados y los flojos de voluntad. Mucho antes de sentir la señal de Ángela y echarme definitivamente a la calle, yo tampoco me hubiera visto así, en medio de toda esta penuria. Pero he sido yo, no culpo a nadie carnal que sí a las circunstancias, el que ha roto este raíl para que el vagón donde viajaba volcara, y así poder vivir, fuera de la ruta donde estaba encarrilado como si fuera un número de una serie matemática interminable.

Aún trato de recomponer los trozos rotos de mi vida, pero cuando busco, algunos pedazos se han perdido y otros no encajan en el maltrecho mosaico de mi razón.

Entonces caigo en la cuenta y me sostengo con el bálsamo del consuelo, pues dicen que: “la vida te da una segunda oportunidad...” Yo, sentado en este aislado apeadero, sigo esperando. Mientras, muevo y giró las piezas que todavía están aún por ajustar en el incompleto puzzle que una vez se revolvió empañando mi memoria.

Con todo, me esfuerzo y recuerdo que Débora era una mujer difícil, quizá por eso me gustaba, sentía un mono irresistible cuando estaba cerca de mí, era un reto incomparable. Tal vez fuese esa, inconscientemente, la razón por la que me casé con ella. Pues aunque había detectado todos sus defectos y manías, fueron sus muchos valores los que me empujaron definitivamente a sus pies; demasiados, para haber ofrecido un no por respuesta el día que acudimos a él, al cura que nos unió ante Dios, del que por cierto, no recuerdo ni un rasgo de su rostro, ¿por qué será? Aunque sí tengo una vaga silueta de ese hombre: era mayor en edad pero bajo en estatura, y su voz sonaba aburrida y poco armoniosa bajo aquella cúpula decorada de angelitos que parrandeaban desnudos y sin sexo por las paredes llevándose mi concentración en más de una ocasión. Lo que sí recuerdo con mayor énfasis, aunque la tensión no me dejó disfrutar del momento, fue el instante en que apareció ella, Débora, toda envuelta en blanco como vestida de cisne. Otro momento inolvidable.

Mi visión se nubla, pese a mi dura oposición, encima de estas últimas palabras que acabo de escribir. Vacilo, tratando de coger el aliento suficiente como para proseguir. No sé cómo, pero lo he conseguido.

Cada momento que pasa me cuesta más empuñar entre mis dedos, agarrotados de frío, a mi querido compañero BIC y ponerme a escribir encima de este papel. Es curioso lo repetitivo que llega a resultarme a veces lo que escribo. Tengo que hacer uso de mi imaginación para que lo que trato de trasmitir resulte diferente, aunque, ¿a quién quiero engañar? Hace muchos días que no he recibido ninguna señal, por tanto no sé qué escribir... ¿Acaso me estoy alejando de mi niña?

─¿Ángela? Si estás ahí, dirígeme el camino... sabes que iré ─musito para mí. (Fin del capítulo)

MiánRos (Quedan todos los derechos reservados sin el consentimiento del autor).

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