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jueves, 20 de mayo de 2010

APENAS NADA


------APENAS NADA----------
por Mián Ros

Ahora que Bienvenido no está aquí, le comprendo. Él me decía que siempre estaría aquí, y no sólo le comprendo, sino también le siento. No eran sólo palabras, y lo sé.

“Siempre estuve aquí ─decía─, siempre que esta condición que se alza con el nombre de idiotez no quiera abandonarme. Soltar el lastre y marchar, dejarme ir, ir más allá en el camino de aprender. Aprender de otros, aquellos que he considerado análogos a mí: argumentos preocupados y veletas de carne temporal como en el que yo mismo me escondo.

“Siempre estuve aquí, bajo este incómodo andar y aún más inseguro parecer, y aunque quisiera no puedo renunciar a él, a este molde que me fue regalado, no sin antes volcar todo mi esfuerzo en aprender. Aprender de todo y todos, tanto o más que ellos, o la par, salpicado por la coherencia que me reflejan al pasar, pero con la ansiedad prendida de la eficacia, antes que esta cincelada intención que soy, o que alguna vez creyera que fui, sea irrecuperable y se vuelva un tanto o incluso más que torpe, inútil.”

“Siempre estuve aquí. Y cuando articulo y brota de mi ser este aquí, se tañe embravecido y aniquila la prudencia; aún firme, aún fiel, pero sólo y mientras la fuerza de mi aquí no sucumba hacia otro lado. En tal caso estaría lejos, tal vez allá, o allí.”

“Y quién puede alcanzar un allí, sin estar aquí primero.”

“Siempre estuve aquí ─nunca se cansó de decirlo─. A ratos loco, a ratos cuerdo, pero siempre inflando y desinflando esta muestra de piel que a veces me incomoda, y que unida a la vergüenza y con razón, se manifiesta en mí, y hasta se vence en duelo de ambición sin querer, o con gasas cegadoras de “un queriendo”, pocas y aun más pocas son las veces que me traiciona. Aquí. Siempre estuve aquí, y nunca dejé que las horas me negaran lo que yo, y al igual que yo, también tú, solos y ante la espiral de la existencia aprendimos, apenas nada. Y apenas seguirá siendo el huero conocimiento alcanzado mientras la sutil alma que mantiene vivo el cuerpo no comprenda la magnitud del ambiente y su riqueza.

“A ratos me sentí hollejo, a ratos me sentí hollín, mas hubo ratos peores y me sentí, apenas nada. Y sin embargo fui feliz.

Ahora que Bienvenido no está aquí, le comprendo. No eran sólo palabras, y lo sé. Ahora soy yo el que está aquí, en el aquí que dejó él para irse al lugar que tanto anhelaba. Ahora al fin está allí. Y es él y la fuerza de su aquí, que desde allí, me espera. Ahora soy yo quien se siente hollejo, quien se siente hollín, quien se siente, apenas nada.

Ojalá Bienvenido albergue allí su aquí cuando yo parta, y me vea llegar. Aunque a lo mejor eso ya no importe, ni tampoco cuanto llegamos a aprender aquí, apenas nada.

Y reiremos, y saltaremos entre pétalos de nada.

Nada trajimos, y lo mismo que se llevó él me llevé yo, apenas nada. Pero fuimos felices.

Mián Ros (Quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)
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lunes, 12 de abril de 2010

Fhârihur - Relatos del Latifundio Antiguo


Relatos del Latifundio Antiguo
Fhârihur

Archipiélago Austro, isla de Okrem.

Fhârihur levantó su gesto amargo encajado entre venas y contempló, no sin recelo, la inmensidad del horizonte. A lo lejos, el ordinario territorio vedado a su raza, La Planicie Hostil, que se extendía bajo el furor de un sol demoledor magnificando la claridad, aquella claridad tan temida y que le hacía tanto daño; siempre había sido así.

Cerró un momento su único ojo, no por miedo, pues había tomado conciencia de abandonar definitivamente el sufrimiento que había llevado: aplacar el desgobierno sosteniendo su ira para aunar sus fuerzas y poder remolcar el cadáver hasta allí; era capaz de recorrer su bella silueta sin apartar la mirada aun sabiendo que sería la ultima vez que lo haría, y tuvo la entereza de posicionar el cuello inerte de manera que la oscura piel reposara sobre el tocón, inexplicablemente en contraste a la rudeza que acostumbraban a regentar los de su casta. No cabía, sin embargo, otra esperanza. Estaba convencido de que debía ser así. Al mismo tiempo sabía de la premura de actuar rápido, Las Sergas del Resplandor estaban cerca y se llevarían el alma de la mujer hacia El Rescoldo de la Desesperación. Fhârihur no deseaba eso. Había crecido bajo las leyes de Los Piélagos, siempre rodeado de preceptos; él mismo sería atendido tras su muerte con la misma fe; un ritual rígido y a la vez ceremonial como travesía final hacia los Eternos, así debía ser.

Y así sería.

No le hizo falta, por tanto, volver a mirar el hacha milenaria que pendía entre sus manos con la marca de su progenie en el acero. Condensó su fuerza en la empuñadura, levantó el arma al compás de mil anhelos ancestrales con la precisión del mentor más diestro forjada en el guerrero. Pero se detuvo un segundo, donde el sutil brillo del alma tendida a sus pies le acercó el fugaz recuerdo de sus antepasados más cercanos. Luego gritó; allá en la distancia se escuchó su voz, en la inmensa oquedad del vado, y por uno instante tembló la corteza bajo sus pies al tiempo de acometer su letal acción. El filo de la hoja descendió y resonó en la madera como una lengua extraña pronunciada por el viento, cortando limpiamente la cabeza, que separada del cuerpo sin vida, rodó para detenerse a los pies del verdugo.

─Madre ─musitó Fhârihur, el cíclope─. Te he salvado de la inseguridad de la luz. Un alma partida no puede ser transportada. ¡Marchad lejos, Sergas malditas, marchad!

Y dicho esto, Fhârihur enmudeció. Acto seguido enfundó el hacha y se arrodilló para envolver en el lienzo el miembro seccionado. La satisfacción de haber hecho lo correcto le asistió una vez más. No había lágrimas en sus ojos, ni ira, ni el frugal destello de arrepentimiento. Por el contrario, la armonía casi inquebrantable, ruda e inflexible de su estirpe se corrigió y volvió su hermética mirada: la mirada del coloso, como era reconocida y temida por los débiles hombres. Había hecho lo que rezaba su corazón y aun antes de llevarla hasta allí, el de ella, fiel descendiente de las eruditas reinas del Castro Majano. Era el mandato más duro al que Fhârihur se había enfrentado desde que aceptó su condición dentro de toda existencia del Feudo Oculto. Ahora los demás le verían poderoso, capaz de aumentar la especie como semental digno y protegido de su sangre, ahora que se abría la cincha del regazo familiar al que había estado aferrado hasta ese momento. Ahora que ascendía al más alto pedestal de su clase.

Fhârihur atendió para sí el paño ensangrentado ciñéndolo a su pecho, dio media vuelta, y lanzó su andar hacia la profundidad de la caverna. Sólo allí se sentía protegido. Sólo allí proliferaría su estirpe, sólo allí.

Mián Ros (quedan reservados todos los derechos sin permiso explícito del autor)
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jueves, 4 de febrero de 2010

Muéstranos el escritor que hay en ti (junio 2009)


Trabajos para el concurso "Muéstranos el escritor que hay en ti (junio 2009)".

Utopía de escritor
No sé si hacerlo.

Es un relato corto, terminaré pronto...

¿Por qué siempre trato de ponerme a prueba? Ha sido un día difícil. No quiero decir con esto que los demás sean fáciles.

Clavo la vista en la hoja en blanco. No obstante y aun sin girarme, la percibo. Ella llega por mi espalda, roza mis hombros, me besa.

─Cariño, me acuesto, ¿vienes? ─me susurra. Ha sonado bien.

Consumo un segundo, donde no contesto.

Sin embargo, espiro en silencio; mi vista se eleva y reincide en la estantería llena de libros: Cervantes, Verne, Follett... ¿Qué puedo aportar yo que no esté escrito? ¿Acaso tienen cabida mis textos para conmover a alguien?

Vuelvo a apreciar su ternura incitándome mi ser.

─Acuéstate, vida ─musito no obstante, sin atreverme a mirarla─. Voy a escribir.

La candidez de su presencia se va.

Mián Ros


El humilde Lylén.
La sabia Madre reunió a sus hijos. Les otorgó una taleguita antes de verlos partir.
Pasaron muchos años, y sólo Lylén volvió, cabizbajo y triste.

─¿Por qué lloras, hijo mío? ─preguntó Madre.

─Vengo de enterrar al último de mis hermanos, junto al primer frutal que sembré.

─¿Qué hallaste en tu taleguita?

─Diez semillas.

─¿Sólo?

Él asintió.

─No, hijo mío. Encontraste humildad, paciencia y conocimiento para ver la cosa más pequeña como si fuera grande, cada segundo como si fuera eterno.

»¿Sabes que llevaban tus hermanos?

Lylén no respondió.

─Mucho más que tú, y encontraron: valor, fortaleza, dinero... pero nunca comprendieron la Vida como la concebiste tú. Ahora ve, y sigue ViViendo.

Lylén no dijo nada, y se marchó.

Moraleja: No es más feliz el que más tiene, si no el que menos necesita. Disfruta del “presente”, pues “ya”, es pasado.
MiánRos



Título: ...

Y Marilyn... Murió.

─¿Ya está? ¡¿Pero ochocientos caracteres dan para algo más?! ¿Por qué me mira así? ¿A qué se debe ese silencio? ¿Acaso esos puntos suspensivos son la traducción y el conjunto de la totalidad de una vida? ¡Ah, vaya! Así que se trata de eso. Un relato minimizado a tres insignificantes puntitos. Usted es de los que piensa que las historias están rellenas de acontecimientos insustanciales, que la vida se reduce a nacer y morir, sin revoltijo ni tintes. Pues le voy a decir una cosa: si la Marilyn que usted menciona es la misma que yo estoy pensando, jamás murió, ni morirá. ¿Cómo? ¿Por qué endurece su gesto? ¿La suya tampoco? ¿De qué diablos estamos hablando entonces? ¿Que me he zampado el hueco de sus ochocientos caracteres? Sabe qué le digo: ...
MiánRos

miércoles, 27 de enero de 2010

HOY
Si algo he aprendido Hoy, es a mantenerme al margen. Al margen de Mañana, que preñará otro Hoy cuando se acerque. Margen disfrazado si la distancia que lo separada de uno se desliga del filo. Filo de la incipiente piel, mi piel. Piel que lleva el riesgo. Riesgo de tropiezo. Riesgo de llegar a no sentirse. Y cuando pronuncio “no sentirse”, mi voz se llena de palabra. ¿Quién no se ha llegado a no sentir alguna vez? No ver el Hoy que traerá el mañana. La mañana de millones de mañanas que se acercan sin dolor. Y sin embargo, hay dolor, y siempre imaginado.

Al contrario que la Luz que viaja, surge, se eleva, baja y después se va. Pero vuelve, siempre vuelve, y lo hace sin dolor.

En cambio yo, tomo impulso, casi necesario, avanzo y voy, a veces con dolor, a veces no, pero siempre voy aunque descanso. Descanso cuando no voy, pero voy, nunca vuelvo. El día que vuelva será para nunca más ir.

Y he aquí la encrucijada, y yo ahí, clavado en ella. En ocasiones distraído. En ocasiones dispuesto, más que aburrido, más aburrido que dispuesto, pero ahí, pétreo y fiel. Y firmaría que curioso, tanto o más que un vigilante, como lo son las Cosas que desde su posición se atreven a observarnos. Y juzgan, acaso el paso por ejecutar, que no el ejecutado, ya olvidado sin remedio.

Y yo, ufano, arrogante por cobarde necesidad Hoy, o cobarde por accidente acaso en otro Hoy. Abrigado y hasta remangado. Dispuesto a no estarlo. Indispuesto pretexto a estar dispuesto a hacer algo pequeño que se vea grande, o grande que se vea pequeño, quién sabe; me conformo con que el tamaño adquirido dé sombra, sombra a veces requerida.

Eso sí, ese algo debe llevar el vestido de Calma por dentro, y por fuera el de Intranquila Prisa. ¿Quién desea correr?

Ya perdí un zapato entonces, no pretendo arriesgar el otro; las prisas son para los jóvenes, como los jóvenes son para las prisas. La Calma no será Calma si es asaltada por la Prisa. Y no es Prisa, sino Calma, la que preciso. Ya caminé a ciegas sin camino, corriendo por vivir.

Si algo he aprendido ha sido Hoy. Camino sobre el camino. Camino sin camino. Cadencia repetida que acompañó mi crecer, el amanecer. Y así será también Hoy, cuajado por la luz de la mañana.

Y hoy cargo sobre mí, otro HOY. Y ahí va o voy, mi yo y HOY, uno sobre otro, y otro sobre uno, formando un dejo divertido. Pero mi dejo no es dejo cuando dejo a lo lejos el margen y veo El Bote. Ahí viene, o va. Tal vez si va lo coja, si viene no; no preciso venir sino ir.

El Bote. Es de larga proa. Descubro gestos perfilados de rimel descorrido; labios apretados en rictus doloridos, afónicas arrugas que se niegan a morir.El Bote. No siempre se arrima lo necesario, ni necesario es o será siempre que se arrima; pero esta vez lo hace, como otras veces. Y heme aquí visto desde allí; y siento que me ve. Enfila la orilla, mi orilla. El margen de todos los márgenes. Y va... no viene. Y hay dolor, y no lo hay...Sin embargo, si algo he aprendido Hoy, es a no subir al Bote, al Bote de Mañana.

Hoy no. Lo haré en otro HOY, pero Hoy no.

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MiánRos (Quedan reservados todos los derechos sin el consentimiento del autor)
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martes, 24 de noviembre de 2009

La Claridad, de ojos tan luminosos como cotillas, ha vuelto a entrar por mi ventana aun sin llamarla, y ha curioseado las superficies de casi todo lo que pende en el pequeño recinto de paredes "goteladas" que suelo recorrer tan a menudo. Lo ha hecho con prudencia (astuta y vieja claridad), pero la he visto, y me ha despertado con el roce de sus manos brillantes. Y, aun cuando los ecos del último rif de la guitarra de Fito no han abandonado mi cabeza desde ayer, no sé ni cómo ni por qué, ha hecho que me levante, me duche, desayune y me siente, dispuesto frente al ordenador como si la misma máquina me hubiese llamado; estoy seguro que no lo hizo, pero a veces tengo la sensación que estoy equivocado y sí que me llama, en un idioma sutil y atrayente; no me preguntéis desde cuando tengo el don de entender esta regla tácita entre ambos, pero es así. Y heme aquí, enfrentado a la página en blanco que todo escritor conoce bien, como si fuera un pariente cercano que viviera al otro lado de la casa.

"Buenos días MiánRos" me suelta al verme frente a ella; además de limpia esta página en blanco es educada a la par que paciente, y espera que la cuide y la dote de emociones y vida, vistiéndola con frases para no sentirse desnuda ante ti, lector. No obstante la miro y no sé el vestido que he de escoger esta vez; ¿acaso mi musa se ha ausentado unas horas? Debería, sí; también tiene derecho pues es domingo y todo el mundo necesita descansar aunque seas diosa o musa... creo que yo también lo haré. Descansa musa mía, quizá mañana tengamos más trabajo que ayer...
MiánRos
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martes, 17 de noviembre de 2009

HE SALIDO A PASEAR, y he cruzado mi mirada con la gente. He surcado por entre el cauce de murmullos, de comentarios, de expresiones y hasta he curioseado el descaro que muestran sus rostros al hacerlo. Quizá lo haya hecho contigo, y lo más seguro que no te vuelva a ver jamás, al igual que a ellos, pero no importa. Quizá algo valió de cuanto vi. O quizá no, y regrese de vacío, con la simple sensación de bienestar de un paseo más, salpicado por el frescor de la mañana. Pero si por el contrario he hallado una descarga en mi interior... el bienestar me abrigará, y se encenderá la chispa que enciende el fuego que estoy preparando para ti con recios brazales de leños y ramas. Es mi forma de darle forma (permitidme la redundancia), para establecer el ambiente requerido en mis escritos. Que luego espero leerás (quizá tardes años) algo que descubrí en otro o en ti. Leerás sentado o tumbado pero tranquilo, al cobijo de esa lumbre que preparé para ti, mientras yo volveré a estar lejos, paseando, buscando, experimentado sensaciones que me llenen de inspiración, pues mi vida y cuanto escribo está lleno de instantes tuyos... y tuyos... y tuyos también. Aunque quizá cuando tus ojos aún estén leyendo lo que escribí, yo esté más lejos que ayer; tal vez allí, bajo la frescura que me ofrece aquel árbol prieto en hojas, copiando su reposo y su aliento, sin prisas, asomado sobre el arcón de mis recuerdos, y desempolvando algún instante que quizá viví junto a ti y guardé para escribir.

Mañana saldré a pasear, quizá esta vez sí me cruce contigo...
MiánRos
ABRAM. EL NUEVO CONDE DE LOS VAMPIROS. Todo está oscuro, nada incita a pensar que es lunes. De pronto, una veintena de fluorescentes se activan a plena potencia, todos menos uno; El Tuerto, que se enciende y se apaga, se enciende y se apaga... revelando las formas que permanecían dormidas a ambos lados del corredor.
El murmullo vuelve con la luz.
─Este es un buen lugar. Por aquí pasan muchas jovencitas...
“Sí, lo es. Pero ya nada será igual.”
─¡Calla, Mentemía!
“Cuándo vas a convencerte de que te apresaron. Nunca escaparás. Estás encerrado de por vida.”
─¡Incrédulo! Mis antepasados y hermanos vampiros vendrán y me sacarán de aquí; pero mientras esto suceda, hay que alimentarse.
“Jamás vendrán. Todos están encerrados como tú; hay cientos... yo los vi. Los metieron uno por uno en las celdas. Celdas pequeñas e incómodas como la tuya.”
─Sí que lo harán. Aparecerán tarde o temprano. Soy Abram, El Nuevo Conde de los Vampiros, y por El Gran Roble y la promesa que juré bajo su sagrada sombra, que acudirán a mí.
“Estás rayando la locura. El encierro te trastorna.”
─¡Calla!
“No, no puedo callar mientras no admitas que no eres conde de nada.”
─¿Y las víctimas? Cientos de ellas cayeron a mis pies bajo la violencia de mis colmillos; el Roble es testigo...
“Lo soñaste.”
─¡De eso nada! ¡El Roble creció y extendió su copa de hojas gracias a las jovencitas que yo le entregué!
“Nada de lo que dices existió realmente.”
─¡Noooooo...! ¡No quiero oírte! Me enfrenté sin miedo a la joven de manos y ojos gigantes sin desfallecer...
“Ella fue la que te encerró.”
─¡¡Noooooooo...!!
“¡Sí! Y otra, tan grande o más que ella, y de su misma raza, te condujo hasta aquí.”
─¡Mientes!, no fue así.
“Sí que lo es... ¡Y estás perdido!, lo quieras o no. ¿Quién se atrevería a sacar de aquí a un Conejo-Raro como tú?”
─¡Calla, te digo! ¡No soy un Conejo-Raro! ¡Es un disfraz para cazaaaarrrr!
“Estás ridículo.”
─¿Por qué me haces esto? ¿¡POR QUÉ ATORMENTAS MI CABEZA DE ESTA MANERA!? Aún conservo el sabor de la sangre en mi reseco gaznate... Y seguirá así si no logro aplacar tu voz. Ahuyentarás a mis niñas, mis tiernas presas, y entonces ya no podré cazar; harás que me sienta inútil de verdad. Terminarás ablandándome, Mentemía.”
“Chss... Silencio. Alguien viene.”
Abram olvida por un momento la trifulca y se relame sólo de pensar en la cercanía de un jugoso cuello que poder morder; hace semanas que no come.
Los pasos se intensifican y se acercan.
La suerte parece aliarse con el vampiro. Las pisadas se detienen cerca de él.
Abram descubre su presa, y la zona tierna donde abalanzarse; consigue encharcar de sangre su imaginación con la proximidad del festín. Ahora es el momento, piensa.
Pero de repente, es incapaz de moverse, pues su futura víctima mueve los ojillos y le ve.
─Mamá, ¿puedo llevarme este conejito de colmillos largos? ─pregunta la niña.
─¿Éste? ─La madre coge la súper colorida caja de cartón, y observa la silueta del interior apresada e inmóvil tras el plástico transparente. No parece gustarle lo que ve y arruga el gesto; no tarda en bajar la vista hacia su hija─. Es un Conejo-Raro... ¿No prefieres mejor este puzzle de ovejitas? ─señala.
La niña levanta los ojos.
─Bueno, vale ─murmura sin pensar. Es aún joven y fácil de convencer.
La madre le baja el puzzle y se lo da; enseguida las dos echan a andar.
Vuelve el silencio, y con él, el triste desconsuelo de todos los muñecos “No Escogidos” inunda el corredor, pero esas emociones, ésas precisamente, nadie las llegará a escuchar...
¡Un momento! Creo que hay un sentimiento más activo que todos los demás. Y si no me equivoco, proviene de aquella caja súper colorida que la mamá volvió a dejar en la estantería.
¿Abram?
Sí, es él.
“Te lo dije, eres un Conejo-Raro, Abram. Vete haciendo a la idea de que nadie te sacará de aquí.
Tus hermanos vampiros están encerrados como tú... ¿sabes ya lo que significa Encerrados?”
─No empecemos otra vez... Mentemía, por favooooooorrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr...

Las horas pasan y la oscuridad regresa al corredor.

*****

De repente, El Tuerto se enciende, se apaga, se enciende... guiñando el ojo a sus hermanos. Nada incita a pensar que es martes...
MiánRos (Quedan reservados todos los derechos sin permiso de su autor)

lunes, 16 de noviembre de 2009

El Caballero de la Armadura Amarilla

EL CABALLERO DE LA ARMADURA AMARILLA La historia que os voy a contar ocurrió hace algún tiempo, no tanto que se escape a la memoria, ni tan cercano que se adelante a los recuerdos. Fue una historia que se instaló en mi conciencia justo en la estación de una era intermedia; al término de una primavera próspera, de días largos y noches cortas. Donde los crepúsculos se entregaban dichosos a cientos de golondrinas de alas negras y picos dorados y chillones; de diminutos cuerpos allá en lo alto (se diría casi mosquitos), aves veloces e inquietas como veintenas de manos sucias, casi negras, intranquilas y hambrientas.

Hace algún tiempo de esa historia, sí.

Todo ocurrió al caer la noche, la noche que tomé la puerta y salí de casa, despacio, diezmado por la morriña, con la mirada baja, como poseído por el alma de un errante, siervo de la propia calzada que debía recorrer; no hacía falta el instinto, no hacía falta querer, sino dejarse llevar, pues el recorrido y el lugar que debía alcanzar eran de sobra conocidos; la repetición se hacía con los días aburrida... lo llegaba incluso a detestar. Sin embargo, aquel desenlace, lejos de la rutina, iba a ser diferente a los demás. Fue alzar los ojos, y una sensación cálida al roce del bochorno me anegó por completo, como el insoportable calor que sometía al mundo aquella noche. A golpe de corazón, lo vi; allí estaba, caído; tenía la armadura amarilla casi deshecha, apenas podía hablar, creo que ni lo hizo, ni siquiera estaba en condiciones para reclamar auxilio. Si bien, ecos de una gran batalla se podían presumir fluyendo a su alrededor, sombras inciertas y dispersas, acaso lejos, habían escarbado junto al vencido. Pero seguía allí, su cuerpo era un escombro borroso casi indivisible de la oscuridad y el resto de siluetas arruinadas, yaciendo entre montones apilados de deshechos; escombros y más escombros sin valor, olores y más olores nauseabundos y repugnantes que contrastaban de bruces con la soberbia presencia, aun abatida y rendida, del Caballero de la Armadura Amarilla.

─"¿Quién te ha hecho esto, Caballero?" -preguntó mi propia alma, encogida por entero.

Él no contestó.
No podía ser cierto lo que estaba viendo, pero lo era. Y no tuve por más que reaccionar: tendí mi mano y le levanté. Él se dejó hacer, vulnerada toda condición, toda gallardía, lejos de su brío en las praderas de la guerra, donde en condición digna, lucharía de igual a igual y donde su honor reñiría con casta por no volver a ser herido. No obstante, ahora su aspecto era débil, se veía derrotado, casi perdido. Pero eso no era lo peor para un Caballero de su rango, lo peor era sentirse inútil, olvidado, sin un señor ni imperio a los que servir.

Y fijaos que aparte de mí, sólo los ojos de la soledad fueron testigos de lo que os cuento; y aunque quizá hubiera miradas escondidas entre las sombras, y digo quizás, ya que los ojos escondidos en las sombras son curiosos y, de tanto en tanto, practicantes a la hora de intercambiar miradas con otros ojos. Por tanto, arriesgado es y casi mágico por mi parte, si esto que os digo lo pudiera afirmar; y si las hubo, de nada me inquietó que me observaran.

Arropé al guerrero con mi brazo amable y lo guié hasta mi hogar, como bien podéis imaginar; no sin reunir, incitar y blandir mi Ejército de Iras contra el enemigo que había amputado la dignidad de un Caballero.

Ya, bajo techo, lejos del raso y del redil brillante de la luna, El Caballero de la Armadura Amarilla empezó a cambiar. Sí, debéis creerme, pues su cuerpo a la luminaria y al abrigo de paredes humildes y desnudas, empezó a relumbrar. Un suspiro, no sé si suyo o llegado de mi anhelo, envolvió el instante.

─"¿Quién te ha hecho esto, Caballero?"-repitió mi alma, tras estrellar de nuevo mi vista con su maltratada estampa.

Aquí viene lo que él me dijo, apretado en deseos que no en la palabra, luego no habló. Podéis creerme y cierto es, pues no hicieron falta voces, ni gestos, ni miradas, para saber lo agradecido que estaba. Adiviné su sonrisa, fiel y diestra de su raza, sirviente de su Señor, siempre esclavo en cuerpo y alma. Ahora me servía a mí, yo que nunca he sido nada, y menos de inclinación solemne, de espalda reposada en tronos, de esos de oro, de esos de terciopelo suave y grana.

A su deseo, mi gracia. Le dediqué mi tiempo; atendí a su historia; y era grandioso, muy grandioso lo que en ella me contaba. Y he aquí, que renacieron sentimientos de otra era, pero de gentil palabra. Y su historia me envolvía, y me alejaba de mí, y me llevaba lejos, más lejos, junto a los hombres de hazañas, junto al Gran Alejandro, junto a su única estampa; una estampa de sobra conocida, soberana, diestra y magna; al grito de su infantería, al grito de sus falanges, al grito de miles de hombres a una sola garganta:

"¡Alalalài! ¡Alalalài!".

Él se divertía de narrador, yo me deleitaba de confidente. Y pasaron los días, uno tras otro, y El Caballero me contó toda su historia, pero no cualquier historia, sino la que llevaba tallada en su corazón.

No obstante, y por muy bella y épica que fuera aquella historia que El Caballero me contó, más bellas y grandiosas historias atisbé, estacionadas en sus soledades. Y sin saberlo e incluso sin querer, caí en la cuenta y descubrí su poder, su escondida fuerza y la auténtica honestidad por la que El Caballero luchaba. Ahora era consciente de su influjo. Conocía parte de mi historia, mis movimientos, mis gustos, mi vida, pues habíamos compartido el tiempo; se había colado en mi casa, había conocido a los míos, y a la par que me contó su vida, había atesorado la mía, poquito a poco, sí, la mía. Hasta mi huella había quedado gravaba en su Armadura Amarilla para siempre, como todas las demás. Ahora yo formaba parte de esas historias que él velaría abrigado en sus largos periodos de soledad.

Y debéis saber que El Caballero vigila siempre mientras sostiene la ilusión, esperando el momento de sentirse útil y terciar en la batalla, abrir su corazón a los nuevos señores, aunque quizá lo haga con el mismo que ahora le mantiene, sólo éste tiene en su mano la suerte de concederle tal esperanza. ¿Acaso se baña en esa seguridad? Sí, seguro que sí. Pero es prudente; la prudencia no desmerece la valentía. Mas se siente confiado y tranquilo de que su señor no acabará avergonzándole, arrojando su cuerpo entre montones de deshechos malolientes que crecen cada vez más a menudo por el mundo.

Él es, ante todo, un Caballero...

MiánRos

Relato del Latifundio Antiguo: AGUA DE LUNA

AGUA DE LUNA. Lo que aconteció en la ciudad de Naghúm, antigua tierra sagrada de Grey-An, quedó escrito para ser contado y recordado, y ahora leído para todo aquel que esté dispuesto a escuchar.
El relato decía así:
Ni siquiera la penumbra de la gruta era rival sorprendente como el pesado silencio que soportaban los oídos de los dos muchachos, atrincherados en el diminuto codo que les concedía la sepultada construcción.
No apreciaban movimiento alguno, ni luz natural que habitara allá donde se habían atrevido a descender. La antorcha que los había guiado por sendas y túneles estaba consumida sobre el terreno expuesta al deterioro del olvido, junto a la pequeña bolsa de piel que habían llevado con alimentos (casi vacía con el paso de los días). Sólo el tosco olor de la madera quemada permanecía presente, y se alargaba por la profunda oquedad flotando más allá en su conquista, llegando a terrenos prietos y aislados.
Durante el viaje los dos muchachos habían determinado un pensamiento: dejar arriba el miedo antes de exponerse al reto y a la incertidumbre de aquel estómago de arena y piedras.
Por encima de sus cabezas habían recorrido un primer nivel, consolidado por galerías y cámaras donde dormían erguidos muros primorosos y labrados casi en su totalidad. Dando forma a las demarcaciones, trabajadas columnas en la roca viva que soportaban pórticos engalanados de estatuas, muchas rotas, muchas rendidas en el suelo, semienterradas. Efectivamente, el soterrado enclave era un visible retumbo de una civilización antigua y próspera, y dichosa, que habitó núcleos íntimos ocupados por claustros llenos de vida, donde ahora sin embargo, se mantenía como única criatura viviente el ancho brazo de la tiniebla y el temerario ser que osara adentrarse en ella; lejos, muy lejos quedaba La Esencia de la Luz de las gemas que alumbró la presencia Célica en aquella gruta.
Sobre el deforme techo de las cámaras de la primera zona se encontraba otro nivel, el más alto, la superficie. Y a ras de ésta, una vasta extensión donde se ensanchaba la ciudad de Naghúm; urbe de glorias reunidas; construcción siempre vigilante desde períodos lejanos, que reposaba ahora ante la observadora diosa, la noche.
Un suspiro, reflejo de cansancio o quizá resignación acumulada, reverberó en la bóveda.
─Vuelvo a tener hambre ─musitó Arhel. Su voz desveló la creciente debilidad que sostenía tras el paso de las horas, incalculables en medio de la negrura; sujetos a su voluntad, movidos por el mandato.
No había sido fácil llegar a la hendidura indicada, y los desacostumbrados músculos de los dos muchachos aún no se habían recuperado del esfuerzo realizado. Y, sin embargo, se esforzaban por desterrar de su lado el desaliento. Tal vez se tuvieran que comer a los Othays, ya que éstos, además de emitir una liviana luz biliosa y pobre que dejaba distinguir los contornos alzados alrededor del campamento, eran larvas bastante apreciadas en los guisos Quibeys; alimento distinguido que daba vigor a todo aquel que se aprestara a comer tal exquisitez; difícil de encontrar lejos de Naghúm, por otra parte.
─No desesperes ─sugirió la sombra que estaba junto al joven Arhel─, ya oíste a Padre: "...que vuestra mirada no sucumba a la pereza de la soledad, ni la ansiedad se anticipe a la intuición. Dormir en turnos, dentro de lo posible, pues el conjuro de la tiniebla es pesado y burlón y tratará de bloquear vuestra certeza, alterando la inclinación de las sombras y enredando la disposición de los caminos; bajo Naghúm uno mismo cambia, como las negras arcadas, gemelas al novicio ojo".
>>"Cuando creáis haber alcanzado el lugar, emplearos en el silencio y la calma; aguzar el sentido; el instante no será largo, pero sí el preciso. Sólo entonces vuestra visión llegará desde el corazón, confiar en él. Luego de haber hecho lo debido, guardar fuerzas para la vuelta, pues muchos no regresaron, y muchos otros que aún están por marchar tampoco volverán del imperial dédalo que vais a enfrentar ahora. Suerte, hijos míos".
Aquellas palabras de Padre fueron reforzadas por la mano de Hyuna, que intuyó a su lado el hombro de Arhel y lo sujetó con toda voluntad, quien sintió la fuerza del consuelo y se estremeció, dejando escapar otra muestra de impaciencia.
Los Othays parece que brillaron con mayor intensidad y propagaron su luminaria esbozando pequeños perfiles revelando muros adyacentes, e incluso se distinguió por un momento el remanso de agua viva que manaba silenciosa del interior de la roca; una extendida seda que parecía dormir en un recortado remanso, estancado y gris, desolado al punto de oscurecerse para siempre. Al cabo, la luz de los Othays menguó; inesperadamente, el filo de las rocas y el puñado de sombra que formaban los dos hermanos se disipó ante la oquedad profunda del atrio, allá distante. No obstante, no hacían otra cosa que mirar el estanque, mudos y sin movimiento alguno, cual guerreros al acecho de una presa.
Tremendo error, pues Arhel estaba lejos de tal grado; era una cuarta más pequeño que Hyuna, aunque nunca lo había tomado en cuenta, porque sabía que tarde o temprano y con el favor de los alimentos y el goteo de los días crecería hasta alcanzar a su hermano. No es que Hyuna fuera alto, y mucho menos guerrero todavía, y aunque le faltaba poco para serlo, ya había batallado con muchachos incluso más altos que él, que entrenaban sin reservas para serlo. Sin embargo, uno y otro eran aún pequeños; la coronilla de Hyuna no superaba todavía el pecho de Anthygua, su padre: grueso y alto donde los haya, sobre todo si hubiera nacido roble. Era sabio hasta lo que puedo contaros de él, de zancada corta, mirada profunda, y ojos rasgados de pupila oscura coloreada por vetas verdes y brillantes, eso sí; fiel semilla se advertía en sus hijos. Era vetusto a la par que solemne, y distinguido, me atrevería a acrecentar sin duda; testarudo además. Pero sobre todo, su voz era respetada y seguida entre las familias más antiguas que habitaban las primitivas casas de la ciudad de Naghúm. Mas era Quibey, signo inequívoco de raza tenaz y diestra, de cuerpo escudado y rocoso como armadura; así era Anthygua, como así era la pretensión que anhelaba o quizá mayor, indudablemente, para sus hijos.
El frío empezó a ser más intenso y húmedo dentro de la cámara. Imaginaron el exterior: un ardiente crepúsculo habría dado paso a la noche cerrada.
─Empiezo a temer ─advirtió Arhel en voz queda, para luego enlazar una duda en voz alta─: ¿Puede que haya más cámaras con escurrideros de agua como éste?
Fueron palabras impacientes que buscaron sin pretender una respuesta de inmediato, pero ésta, no llegó. Mientras, sus ojos se volvieron a relajar en la superficie del agua.
Al cabo, el suspiro de resignación despertó sin embargo en los labios de Hyuna, quien habló:
─Creo haber seguido bien las indicaciones, no temas ─dijo.
Palpó el pellejo de viandas y extrajo el último trozo de queso. Lo cortó en dos con sus propios dedos y tendió a continuación la porción más grande a su hermano.
─Anda, come ─aconsejó─. El camino de vuelta a casa será complicado. Debes coger fuerzas.
En el curso de las horas siguientes: silencio, negrura y una inquietante soledad, la misma ensordecedora secuencia que habían llevado hasta ahora.
Tal vez la derrota y el sentimiento de fracaso empezaban a hacer mella en los dos muchachos, a medida que intuían el final de la aventura y el momento de regresar. Era entonces cuando sobre sus conciencias aparecía la cara de Padre, y aún más su estertórea voz, sembrando el entorno con un autoritario regaño por haberle fallado; no llevarle a Madre, enferma desde la víspera de su cumpleaños, El Don de las Profundidades sería lo peor si el resultado se agravara y ocurriese algo irreparable; sus conciencias no se perdonarían aquello mientras viviesen.
Sin embargo, la sensación de estar haciendo lo debido les sujetaba como un gancho a la inseguridad existente.
De súbito, un alarido cual bostezo profundo de la cueva los hizo tensarse y clavar sus ojos a uno y otro lado; Hyuna echó rápidamente la capa del tabardo sobre los Othays para evitar ser vistos y aferró con mayor empaque su arma, controlando el punto donde había desaparecido su propia sombra momentos antes. El miedo blandió su terrible arma dentro de sus cabezas, e hizo que sospecharan que las estatuas cobraran vida por momentos; ilusoria atracción. Se mantuvieron juntos bajo la brutal afonía dañina y temida que les hizo retener el aliento. Rastrearon las cambiantes formas que los rodeaban, temiendo cualquier asalto.
Habían oído hablar de Kär Imvhergaem, El Bárbaro del Destello Herrumbre; se decía que era una criatura inhumana, mitad Quibey mitad Estelión, que iba y venía como un dolor; arrastraba una espada tan ancha y larga como arcana, tan afilada y temida como el poco lustre que exponía ante los largos lapsos de hastío, invernando entre raíces de piedra bajo el mundo; la empuñadura y el acero de la hoja habían sido forjados en otro tiempo por manos honorables, y era sabido que aquel arma era desigual al resto, pues cobraba vida ante el enemigo como Cabeza de Eskarkam de Fuego. De ese modo, Imvhergaem y su podrido lamento vagaba entre las arterias ocultas de los túneles guardando los tesoros que aún permanecían enterrados tras insondables murallas hundidas de la vieja ciudad de Grey-An. No obstante, poco a poco aquella sensación de vigía de Hyuna y Arhel, se fue aflojando y todo volvió a la normalidad. El chirriar del acero de Imvhergaem rayando el suelo fue siquiera una vaga sospecha que no emergió más allá de sus mentes, al igual que las estatuas movidas únicamente por el miedo.
Con todo, tal vez el azahar quiso recompensar a los dos muchachos Quibeys y, poco más tarde y antes de que Hyuna dejara al descubierto los cuerpos resplandecientes de los Othays, un camino de luz se abrió paso... semejante al que habían supuesto durante el viaje, e incluso momentos antes donde sus corazones se agitaron. Habían esperado aquel instante tanto tiempo que parecía una nueva ilusión que volviera a despertar tras la revelación que les hizo Padre, sentado junto al hogar. Sin embargo ahora podían percibir e indagar con sus pupilas aquel testimonio que se alojó y viajó en sus conciencias.
El ánimo perdido pareció rebrotar.
─Aquí está ─señaló Hyuna; y su mirada destelló como un Othay en la noche al roce de la luz.
Arhel renunció a respirar. Su boca se quedó pausada al igual que sus fatigados ojos, que miraban con asombro el destello que irradiaba y daba forma a la senda; la estela chocaba en las cortinas calcáreas e iba de alguna manera instintiva y sobrenatural por entre márgenes angostos aquí y allá, entrando desde arriba, despejando sombras pese a todo, estrechando su luminaria forma donde era preciso, tan persistente y caprichosa como audaz hasta llegar a la altura del agua, junto a los dos muchachos. Una vez allí, mágicamente se deslizó sobre la superficie hasta que el reflejo dibujó una majestuosa luna, blanca y serena como la esperanza que habían llevado hasta alcanzar aquella reunión de agua que constituía el manantial sagrado de Naghúm; la superficie quedó colmada en el centro por un escudo esférico de plata.
Hyuna, abandonando el arrobamiento de su espíritu y recordando las palabras de Padre, "... el instante no será largo, pero sí el preciso", extrajo del pellejo donde había llevado las viandas, el odre que había cargado antes de emprender el viaje; el recipiente no era más grande que su mano. Lo acercó con delicadeza sobre el agua, lo hundió un tanto y lo deslizó hasta atrapar el reflejo; toda la refulgente esencia de la luna cayó dentro del pequeño depósito. Para cuando el camino de luz avanzó y desapareció, Hyuna había taponado la entrada del odre con un trapo, a modo de torunda, y enlazado con una cuerda diestramente para no verter nada y afrontar sin peligro el camino de regreso.
La vuelta se hizo más corta, tal vez las zancadas eran impulsadas por el ánimo del éxito, o era por el miedo al retraso y el agravamiento de Madre, o tal vez fuera simplemente el deseo de llegar junto a los suyos.
Cuando Hyuna alzó la cabeza, después del esfuerzo de un día entero consumido en subir a la superficie y caminar por ella, allí estaban, a lo lejos, donde moría la prolongada loma: Padre, Madre y hermanos mayores que él, perfilaban el horizonte junto a la casa. Al ver la figura de los dos pequeños, empezaron a sacudir los brazos en señal de bienvenida, mientras esperaban. No así Anthygua, erguido e inmóvil como la mirada exigente y seca que atesoraba en aquel momento; tan impertérrito como el hacha que pendía de su mano derecha, y tanto o más silencioso que los troncos que acababa de cortar, apilados entre el galpón y sus pies.
Arhel echó a correr hacia ellos, llevado por la ilusión y la luz del sol del nuevo amanecer.
─Padre ─gritó, al tiempo de recorrer la pendiente─. La hemos encontrado, El Agua de Luna.
De repente su cara se nubló al chocar con los excitados ojos de Madre, que le miraban retraídos por la emoción.
─¿Ya estás bien? ─preguntó Arhel, a su llegaba.
Ella esbozó una mueca alegre que bastó para que éste se abalanzara y la estrechara con fuerza a punto de romper a llorar.
─La hemos traído para ti ─dijo─. Te pondrás mejor. Ya lo verás. ─Sin embargo, la encontró débil, aun cuando la última mirada que recordaba de ella carecía de luz en los ojos. Pero había salido a recibirlos, era una obstinada Quibey; los dos hijos mayores la sostenían con brazo fuerte, casi en bolandas. Sólo el ver a sus hijos de vuelta, sanos y salvos, parecía el bálsamo de cura; ella se esforzaba por avivar el gesto y mejoraba por momentos.
Anthygua se atusó el mentón, satisfecho al oír las palabras de su pequeño; lo habían traído, lo habían hecho. Luego se detuvo a observar a su tercer hijo, Hyuna, que llegaba caminando y se paraba junto a él, sacaba con precisión el odre y lo tendía con cierta vacilación en su mirada para que Padre lo recogiera. Efectivamente, aquel recipiente demostraba el atrevimiento de los dos más pequeños de la familia; demostraba el triunfo.
Sin embargo Hyuna, aunque era pequeño conocía a Padre, y supo valorar aquel encuentro, frío, muy suyo, expuesto a similares pruebas que habían pasado ya alguna vez.
"Madre nunca estuvo tan enferma ¿verdad?", quiso decirle al punto que era desposeído del recipiente, pero su voz no surgió. Sentía ante todo respeto. Pero Hyuna no podía esconder aquella desilusión, que se despeñaba por sus ojos cada vez que terminaba un mandato, de alguna manera se sentía manipulado. El profundo gesto de Padre clavando sus pupilas en él le dieron la respuesta, aun sin pedirla; no tardó en escuchar la voz profunda que siempre había reverenciado desde que tenía uso de razón.
─El don del manantial sagrado es culto para muchos ─dijo─. Pocos saldrán a la luz de las ruinas con el sentimiento consumado. Y aún menos los que habrán alcanzado el conocimiento que fueron a buscar. ¿Lo entiendes, Hyuna?
El muchacho dio muestras de asentimiento, un tanto achicado por el tono solemne de la voz; mas no habló.
─Los dioses expresarán su voluntad cuando sea preciso ─declaró Anthygua, tras la breve pausa─; no podemos negarles lo que nos dieron cuando ese momento llegue. Madre se irá igualmente como me iré yo, como marcharemos todos, pero ahora ella no necesita más ayuda que el regazo nuestro, que sus ojos perciban cariño y se sienta feliz.
Anthigua dejó caer el hacha de un modo diestro; éste se clavó en el suelo.
─Qué lejos me quedan tus lloros ahora, Hyuna ─expresó a continuación, y no sólo miró fijamente al muchacho, sino que paseó también el orgullo de su gesto hasta topar con su hijo pequeño─. Igualmente los tuyos, Arhel ─añadió─. Aún cercanos, se atisban impetuosos en mi cabeza apartándose veloces junto a los de Hyuna. Habéis crecido rápido con los días. Doy gracias por ello a la diosa Eihes que parece velar mis deseos y los de vuestra madre, y ensancha una calma alrededor de este hogar en mi ausencia durante algún viaje.
Los dos muchachos Quibeys cruzaron miradas. No importaba que el agua del recipiente fuera a salvar la vida de Madre realmente. Lo habían hecho. Y habrían ido hasta el corazón del Latifundio Antiguo para salvarla si fuera necesario. Sólo por eso se sentían orgullosos, hubiera sido premeditado o no, hubiera sido una nueva lección o no, o cualquier otra cosa que Padre hubiera hecho por el bien de su familia, el Quibey había nacido para aprender, y aprendiendo moriría. Y si apuntaron alguna otra duda, la sonriente faz de sus hermanos la desveló, educados ya de cómo prosperar sobre aquellos caminos donde habían dejado su huella tiempo atrás. Y fue desde aquel momento que entendieron todo. Entrelazaron risas, y conversaron satisfechos entrando a la seguridad del hogar. Y dichosos brindaron con Agua de Luna; y Madre mejoró con el paso de los días y los cuidados de su hijo Arhel.
No quedó escrito si Arhel e Hyuna comunicarían abiertamente lo que habían aprendido en las tinieblas de las grutas. Sin embargo, y a partir de aquel amanecer fueron conscientes, y aun diría que crecieron de espíritu y de cuerpo (grandes guerreros se hicieron), del verdadero don del manantial sagrado y el valor que encerraba aquel remanso íntimo, donde se fraguaba sólo determinados días, El Agua de Luna.
De esta manera afectuosa acabó la aventura de los dos muchachos Quibeys. Y no sería ésta la última enseñanza de Anthygua para forjar el corazón de sus hijos. Pero sí que llegó a ser la más cercana al fracaso que de los dos muchachos se recordaba.
No obstante, tuvieron muchas más enseñanzas... Si bien, las aventuras que corrieron los jóvenes quizá queden aún más lejos que el profundo manantial sagrado donde se descolgaron una vez. Y de seguro menos relevantes y venideras que los montones de historias que os quiero contar.
Mas no toméis prisa, tal vez me apreste a leer cuando os vea de nuevo por aquí. Pero eso será cuando proceda, sí. Todo a su debido orden, hay que guardar la postura.
Mientras tanto, llevar prudencia, superar la adversidad apartando el miedo, y caminar en lo posible al filo de la dicha alojando una esperanza, como ocurrió bajo las ruinas de Naghúm. Muy pronto, abriré el Libro y os contaré otro relato que aconteció en el asombroso mundo del Latifundio Antiguo.
MiánRos